Comentarios y Análisis de Política

martes, 6 de noviembre de 2012

“Manifiesto” que abre una puerta


El valor de un manifiesto suele estar en las personalidades que lo suscriben. De aquí el interés de sus promotores  -de todos los manifiestos-  en que lo firmen muchos y en que sean socialmente relevantes. Pero su valor también puede estar en lo que el manifiesto dice y en su oportunidad.

El Manifiesto por el Federalismo y el Consenso, que acaba de aparecer suscrito por centenares de intelectuales (en sentido amplio) con la intención de frenar la ola de independentismo catalán, fuertemente promovido y liderado por el presidente Mas y parte de CiU, contiene, entre otras cosas más tópicas y retóricas que exactas, algunas afirmaciones de especial interés.

Por ejemplo, que “en Catalunya existe un profundo sentimiento nacional, que debe ser reconocido e integrado de nuevo  en el seno de las instituciones compartidas”, Y que “si ese sentimiento de forma mayoritaria se manifestara contrario de modo irreducible y permanente al mantenimiento de las instituciones que entre todos nos dimos, la convicción democrática nos obligaría al resto de los españoles a tomarlo en consideración para encontrar una solución apropiada y respetuosa”. Y que “un mejor encaje de Catalunya” lo proporcionaría “una federalización del Estado”.

No seria razonable, ni desde Catalunya ni desde el resto de España, minusvalorar la aportación de este documento, por más que se considere tardío, trufado de afirmaciones vacías y como tabla de salvación cuando el agua llega ya al cuello. Pese a todo, significa el reconocimiento de una realidad y una apertura al diálogo para una actualización del marco legal.

La afirmación del presidente Mas de que la aspiración democrática del soberanismo catalán “no la pararán ni tribunales ni constituciones”, está fuera de lugar en boca del presidente de una autonomía, ya que prometió acatar la Constitución, gracias a la cual ostenta este cargo y que, además, es el representante ordinario del Estado en Catalunya. Y, además, si vuelve salir elegido, no podrá tomar posesión si no promete y acata la normativa constitucional y estatutaria vigente.

No en vano esta radicalización ha podido interpretarse  como una inadmisible  “insumisión” al Estado de Derecho, e incluso, como la amenaza de “un golpe de Estado civil”. Es posible, incluso, que esta actitud le perjudique de cara al electorado más sensato, que es el mayoritario. No merece mucho crédito, cara el futuro, quien empieza situándose al margen, o en contra, de la legalidad de un Estado democrático.

De alguna manera, en su descargo, podría acudirse a la consideración, generalizada y resumida por un reputado tratadista, cuando afirma que “si bien en un régimen democrático la sociedad debe apegarse al ordenamiento jurídico vigente, la legalidad también implica que tal ordenamiento pueda ser modificado a través de procedimientos legales previamente establecidos para adecuarlo a las transformaciones de la propia sociedad”.

Pero descargo solo en parte, pues si bien nuestra Constitución ya prevé mecanismos para su modificación, también es cierto que estos mecanismos son muy rígidos y restrictivos; prácticamente impracticables para un posible caso de legítimo deseo de secesión -con las garantías democráticas necesarias- de alguno de los pueblos que integran actualmente el conjunto estatal.

De aquí la oportunidad del Manifiesto para el Federalismo y el Consenso, firmado por centenares de intelectuales de toda la geografía española. Abre una puerta transitable, por la vía del diálogo, a una razonable modificación constitucional, fuera de radicalizaciones y actitudes de rebeldía o de insumisión que históricamente han  sembrado de tragedia nuestro país. Vayamos todos por la senda democrática y constitucional...







jueves, 1 de noviembre de 2012

Esto no es 'hacer pais', señor Mas

                                                               
Esto, señor President Mas, no es 'hacer país', que era el lema de Jordi Pujol. Esto es destruirlo.

Su campaña electoral, antes de tiempo, desde la Presidencia y con dinero público -!qué deslealtat a los demás partidos y a los ciudadanos!- es dividir a la sociedad catalana, incitarla a no respetar la legalidad y enfrentarla con el Estado, al que usted oficialmente representa en Catalunya y cuya Constitución se comprometió a respetar.

Usted, President Mas, con esta actitud -por bien que vista la mona-  es desleal a su cargo, a su compromiso y a la ciudadanía. Y alguien debe decírselo "clar i català" ya que no se atreven tantos y tantos -ellos sabrán por qué- serviles al poder antes que servidores de la profesión, o que leales representantes de la llamada sociedad civil, que tristemente  se va pareciendo a una "sociedad subvencionada".

Dividiendo a la sociedad, en nombre de "su" ideal partidista; elentándola a no respetar la legalidad democrática (por más que la democracia no se agote en la legalidad actual, siempre perfeccionable), e intentando enfrentar brutalmente -¿con qué derecho?- toda una comunidad con el Estado al que usted ha servido hasta ahora, no es "hacer país" ("fer país") con cuya divisa Jordi Pujol levantó de la nada toda una potente y respetada  Generalitat. Esto es destruirla.

Y para destruir la sociedad catalana usted no fué elegido (sino para gobernarla), ni está legitimado por nadie ni por nada. Es salirse de sus atribuciones. Es arrogarse, arbitrariamente, un derecho que no tiene como President de todos los catalanes como dijo -y dijo bien- que queria ser.

Desde la Presidencia de la Generalitat no está legitimado –por muchas presiones partidistas o sociales que pueda tener- a montar "su guerrilla" política.

Disculpe, Muy Honorable, pero "algú ho havia de dir" (alguien debía decirselo). Con respeto, lealtatd y, seguramente, para el bien del Pais.

 

 

 

 

 

 

jueves, 11 de octubre de 2012

No hay que 'españolizar' nada


Si España es plural y diversa, ¿qué quiere decir 'españolizar', señor Wert? En lógica, solo puede y debe significar que siga siendo plural y diversa, como es. "Españolizar" ya no cabe en el diccionario actual.

El ministro de Educación afirma que: "Nuestro interés es españolizar a los alumnos catalanes". Como mínimo, se equivoca de verbo, excepto que quiera decir "castellanizar" (que es otra cosa), lo cual sería un error aun de mayor calado, pues equivaldría a homogeneizar.

Lo que pretende, según se desprende de lo que ha explicitado después, es que los alumnos catalanes conozcan más la realidad global de España, y no solo la circunscrita en el territorio catalán. Que se les enseñe geografía, historia, lengua y cultura catalanas, como también las comunes al Estado español. Pero lo ha explicado mal, muy mal, y lo ha resumido aún peor con el verbo "españolizar".

Sorprende en un ministro que es sociólogo, por lo cual cabría pensar que conoce la realidad social -plural y diversa- que integra el concepto y la legalidad española reflejados en la Constitución. Sin duda, su apriorismo político -suponiendo que no haya malévola intencionalidad- le ha jugado una mala pasada, con lo cual ha echado más leña al fuego del gran debate actual sobre la relación Catalunya-España.

La total "españolización" –por utilizar la terminología de Wert- que sufrió la educación catalana durante el franquismo, explica la reacción contraria que se ha vivido posteriormente. Que actualmente, fruto de esta reacción y también de posiciones politizadas, hay carencias en la educación que se imparte en muchos centros de Catalunya, es bastante constatable. Pero una cosa es desear corregir estas carencias, completando formas y temarios, y otra un afán uniformizador, que se desprende del término "españolizar".

Que la cualidad del conocimiento del idioma español ha bajado, en general, parece cierto. Que la geografía, la historia y la cultura españolas se estudian ahora con menor intensidad que décadas atrás y diluido dentro de un contexto más universalizado, también es bastante verdad. Querer equilibrar esto, en el sentido de potenciar su conocimiento por pertenecer, por ahora, a un marco real y político-jurídico común, es razonable.

No es lógico que se utilice la educación, concibiéndola como un instrumento de politización de la sociedad, ni en uno u otro sentido. En esto se había caído férreamente lustros atrás, en esto se ha incidido sutilmente después por la ley del péndulo, y a ello parece que se quiere volver con expresiones, que han hecho escándalo, como la del señor Wert.

En sentido real y político-jurídico "españolizar" debiera significar respetar la realidad de un país formado por un mosaico diverso en lengua, cultura, historia, geografía, caracteres y sentimientos. Pero si, por el contrario, se utiliza, como se hace, como sinónimo a "castellanizar", entonces equivale a una indeseable y empobrecedora homogenización. A intento de confundir o imponer una parte a todo el conjunto plural de España.

Es en este sentido, señor ministro de Educación, que usted se ha equivocado. Se puede -dentro de los límites razonables- intentar llenar lagunas, corregir carencias y enderezar posibles desviaciones, pero no homogeneizar. Aquí, señor Wert, no hay que "españolizar" nada; por esto, no se extrañe que le hayan dejado verde

jueves, 4 de octubre de 2012

La rebelión del independentismo


A la gravísima crisis económica se añade ahora una profunda  crisis política. A los efectos devastadores, para empresas y empleo, de una economía en quiebra, se superponen los preocupantes efectos, para la convivencia, de un modelo de Estado también en quiebra.

No es casual. A perro flaco todo son pulgas. Y a un Estado debilitado por las circunstancias económicas, internas y externas, es fácil cargarle todas las culpas, aunque no siempre las tenga todas. Parece el momento idóneo para intentar pasarle el muerto. Y, así, cada cual quitárselo de encima, sin asumir las propias responsabilidades.

Es el instante políticamente oportuno, u oportunista, para la rebelión de los disconformes, con o sin razón, del actual modelo del Estado de las Autonomías. Si el Estado se defiende, alegando que es el constitucional, y, como ocurre, se cierra a toda posible reforma del mismo para adaptarse a una realidad cambiante, entonces se produce la colisión de las dos posturas antagónicas. Estamos en el choque de nacionalismos, el central y los periféricos.

El nacionalismo españolista esta muy incrustado en los poderes estatales, centralistas, uniformadores y de predominio. Los nacionalismos periféricos –vasco y catalán, principalmente-  se sustentan en razones históricas y culturales, de agravio y de reivindicación de la propia personalidad. La Constitución no resolvió bien este tradicional contencioso., atendiendo a  la profunda realidad, por esto ahora los nacionalismos vuelven a irrumpir con fuerza, alentados por incomprensiones de gobiernos centrales de todo color, y buscando en un Estado debilitado el chivo expiatorio de los errores de sus propios gobernantes autonómicos.

La astucia del presidente Artur Mas ha estado, entre otras cosas, en  hacer suyo un masivo movimiento independentista, que alentó descaradamente desde el Govern, sin haberse declarado él nunca claramente independentista, como tampoco su formación política. Claro oportunismo político,  que está arrastrando a las demás  fuerzas políticas a posicionarse precipitadamente, ante unas elecciones adelantadas a menos de media legislatura y claramente partidistas, que enmascaran su impotencia o fracaso en la gestión del gobierno "de los mejores"

Artur Mas ha pasado de defender  "el pacto fiscal" (tipo vasco) para Catalunya, blandiendo el lema del "expolio fiscal", a ponerse delante de la gran manifestación independentista, dejando así de ejercer de President de todos los ciudadanos catalanes, que prometió ser. Explota el error del Constitucional de recortar despiadadamente el Estatut con que Maragall intentaba abrir camino hacia el federalismo, y ha provocado un "no", demasiado rotundo  de un Rajoy, poco hábil y abrumado por la crisis, al "pacto fiscal", para sumar descontentos y sensaciones de agravio, para ganarse a la sociedad catalana, no siempre bien informada, en apoyo de su desafío. Así, no se ha abierto ninguna negociación para la necesaria mejora de la financiación catalana.

Con un buen discurso, muy hábilmente expuesto, y unos medios de comunicación públicos a su servicio o afines subvencionados, Artur Mas, movilizando a la opinión pública, se ha convertido en el líder de un  preocupante e incierto desafío al Estado (incluso al Estado de derecho),  anunciando un referéndum de autodeterminación aunque no se ajuste a la legalidad. Los partidos se han visto sorprendidos y la sociedad se está dividiendo claramente ante este envite. Envite al cual puede sumarse Euskadi si, como es previsible, gana el nacionalismo radicalizado en las próximas elecciones. El Estado no se quedará con los brazos cruzados. Las cosas se complicarían.

Mientras, no parece que, en estos momentos, haya ningún partido ni nadie, que pueda disputar este calculado e inteligente liderazgo de Artur Mas. Lo tiene difícil en Catalunya el Partido Popular de Sánchez Camacho, que puede recoger mucho voto no independentista Y no lo tiene fácil el PSC de Pere Navarro, aún poco definido en su federalismo (solución razonable), con disputas internas y con poca garra electoral, pese a haber sido siempre el socialismo mayoritario en los comicios generales.

Esta falta de contrapesos reales, puede llevar a un Artur Mas crecido, tanto a llegar hasta el final de una aventura alocada o de "rauxa", peligrosa para Catalunya y nefasta para la recuperación económica española, como, ante tamaña responsabilidad, a sentir vértigo al precipicio a que puede llevar al país y a quemarse a sí mismo políticamente, y moderar sus posiciones (algún indicio ya hay), por el caminos de la ambigüedad, en lo cual son muy hábiles tanto Mas como su partido.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Mas, desbordado por los hechos y por si mismo


 

 

El presidente Artur Mas se ha visto desbordado. Desbordado por los hechos, y desbordado por sí mismo. Y como salida emprende una huida hacia adelante. Esto es, en el fondo, su convocatoria de elecciones a media legislatura. Su "gobierno de los mejores" habrá sido el más corto de la historia catalana.

Sí, desbordado por los hechos. Cuando se presentó para la presidencia de la Generalitat ya sabía el terreno que pisaba y los problemas con que podía enfrentarse. Llevaba muchos años en la política, en el gobierno y en la oposición.

La crisis económica general y, por tanto, catalana, estaba en pleno auge. El déficit con que se encontró del gobierno anterior no pudo sorprenderle demasiado. Aceptó el reto y para ganarlo nombró lo que calificó como el "gobierno de los mejores".

Ya era un experimentado en los problemas tradicionales con el gobierno central, o "de Madrid". El mismo negoció, a espaldas del parlamento catalán y con nocturnidad, parte sustancial  del Estatut con el presidente Zapatero.

Justo llegar a la presidencia se adelantó en una política de recortes que sorprendió a propios y extraños.  La crisis económica general y, por tanto, catalana, estaba en pleno auge. El déficit con que se encontró del gobierno anterior no pudo sorprenderle demasiado. No siempre recortó donde más falta hacia, donde la inversión o las subvenciones eran menos productivas, aunque posiblemente más rentables políticamente. Esto le ha acarreado muchas protestas en todos los sectores.

¿Cómo salir de esta situación que ha ido empeorando y también comprometiendo su acción de gobierno? ¿Cómo salvarse de este desbordamiento por los hechos? Pues buscando chivos expiatorios y agitando el panorama político.

También se ha visto desbordado por sí mismo. Se planteó objetivos políticos ideales, pero a corto plazo inalcanzables, y sin prever bien sus consecuencias en tiempo de muy grave crisis generalizada. Añadiendo así más problemas al gran problema.

Su sueño de "pacto fiscal" tipo concierto vasco, muy legítimo, no podía prosperar en estas circunstancias. Era, en cierto modo, el principal objetivo político de su mandato. No podía, por tanto, resignarse a un fracaso que era previsible. ¿Cómo salvar la dignidad ante el estrepitoso fallo del gran reto de gobierno que se había impuesto a si mismo? Pues con la movilización política.

El campo estaba abonado sobradamente por el recorte del Estatut a manos  del Constitucional, que provocó una gran manifestación hace un par de años. Por incomprensiones de los gobiernos centrales ante muchas necesidades y reivindicaciones catalanas. Por el gravoso sistema del reparto de los ingresos fiscales del Estado, que llevan al empobrecimiento de Catalunya, tradicionalmente  motor económico de España. Por tratamiento con desdén de la realidad catalana en muchos aspectos sensibles. Etcétera.

Una gran manifestación en Barcelona –alentada y apoyada por las propias instancias gubernamentales-, con el objetivo oficial de apoyar la demanda del "pacto fiscal" de Artur Mas, pero que en realidad congregó varias motivaciones de descontento y reivindicación, y fue derivada hacia un clamor separatista, era una oportunidad que había que capitalizar. Y así fue.

El grito de "independencia" se impuso al de "pacto fiscal". Movilización histórica perfecta para plantear un desafío "a Madrid". Hábilmente, Artur Mas fue a buscar el "no" al "pacto fiscal" de un Rajoy poco astuto. Y este "no" le convertía en héroe ante la opinión catalanista. Era el momento ya de capitalizar abiertamente y de ponerse a la cabeza del masivo clamor de "independencia". Pero, consecuentemente, había que hacer algo más.

Como jurídica y políticamente este "algo más" no podía ser asomarse al balcón de la Generalitat, como en otras veces de la historia, para proclamar la independencia de Catalunya, la solución era disolver el Parlament y convocar elecciones precipitadas. Con lo cual, al mismo tiempo, las cosas se clarifican y se complican.

La esperanza de Artur Mas es, naturalmente, que las urnas le consagren como ganador y "héroe nacional". Pero la misión de un gobierno, sobretodo si es "el de los mejores" no es fabricar héroes, sino gobernar, y hacerlo en las circunstancias que tocan y con los instrumentos que se disponen. Es lo que, muy meritoriamente hizo, en tiempos no menos duros, el presidente Jordi Pujol. Pero la historia sigue y los ideales de los pueblos no mueren...

 

 

 

 

sábado, 15 de septiembre de 2012

Cálmese, señor Mas


 

 

Cálmese un poquito, señor Mas! Usted no fue a la manifestación y ahora, tras su éxito de participación, quiere capitalizarla. Un contrasentido. El éxito es de los que la organizaron y de los que asistieron.

Usted dijo, muy atinadamente, que no estaría porque, como presidente de todos los catalanes, no le correspondía estar, ya que no todos los ciudadanos  participaban de las motivaciones de aquella convocatoria. Además, estas eran varias y diversas: malestar económico, pacto fiscal, indignación, independencia...Todo legítimo, pero para usted era -repetía- el pacto fiscal.

Y ahora, en nombre de aquella masiva muestra de libertad de expresión popular, usted pretende ponerse delante y lo hace con desafío y alentando la agitación. Y esto no es serio si usted quiere seguir siendo el presidente de todos y no de una parte de los ciudadanos de Catalunya, por muy importante que esta parte sea. Menos aún, si quiere aprovecharla para los intereses de su concepción partidista de Catalunya, o quizás  electoralmente.

Mire usted, con crispación social y desafío al Estado no suele conseguirse nada positivo y duradero. Macià y Companys son ejemplos de ello, por más que ahora los homenajeemos y honremos. Prat de la Riba, encambio,  puso los fundamentos teóricos y prácticos estables de una Catalunya próspera y orgullosa de si misma.

Usted, con cierta elegancia y habilidad verbal, agita y desafía. Y esto crea inestabilidad económica, social y política. El dinero es miedoso y huye, la  convivencia frágil y la política voluble. ¿Cree que es la mejor forma y el momento más adecuado para solucionar los acuciantes problemas y sacar el  país adelante? Puede ser su legítima percepción, lo que no quiere decir la más acertada. Ni mucho menos la más compartida por todos los catalanes: los que se manifestaron, por distintos motivos, y los que no se manifestaron, que son mayoría, aunque quizás algún día los que la voten puedan serlo; tenga confianza en la gente.

Cuando el ex presidente Jordi Pujol, político discutido pero de talla, iba a Madrid hacía pedagogía a favor de Catalunya, al menos de su concepción de ella. Usted va y desafía las instituciones estatales y crea mal ambiente contra Catalunya. Un grave error, siempre que no se crea en las bondades del Apocalipsis.

Usted, señor President, en mi modesta y discutible  opinión, incurre en varias contradicciones:

- Dijo -repito- que como presidente de todos los ciudadanos,  no iría a la manifestación (que asegura era para reclamar el pacto fiscal) y después de que toma un claro aire y clamor  independentista, la asume plenamente y la pretende liderar, dejando así de ser ya el presidente de "todos".

- Usted va a la capital del Estado a pedir o negociar su "pacto fiscal" después de declarar solemnemente, aquí y allí, que este es un necesario paso decisivo para independizarse  del Estado. ¿Que quiere que le contesten? Como usted no es ingenuo, hay que pensar que va a provocar.

- Usted es legalmente presidente de la Generalitat y representante ordinario del Estado en Catalunya en virtud preciamente de lo establecido por la Constitución, que prometió acatar en su toma de posesión, y ahora pretende desobedecerla  y llama a desacatarla. Está negando los propios fundamentos jurídicos y políticos de su cargo; se queda colgado en el aire.

- Infringir  y animar a desacatar, de alguna forma, la Constitución en nombre de la democracia (que se concreta en el Estado de derecho, aunque éste  pueda no gustar) y del éxito de una manifestación masiva, es confundir el legítimo y constitucional derecho a la libertad de expresión, con el resultado de unas elecciones libres y con voto secreto. Manifestarse no es lo mismo que votar con todas las garantías.

Si una situación política plasmada en una Constitución, masivamente votada en su día también en Catalunya, no gusta o se considera lesiva para unos derechos individuales o colectivos, lo que procede, en lógica, es intentar modificarla. No pretender reventarla.

Cuando el presidente Pasqual Maragall se dio cuenta del error cometido con el empeño de aprobar un nuevo Estatut (con la opinión contraria de Jordi Pujol) y luego amputado por el Constitucional, con el gran desgaste político y social que supuso, dijo que no había valido la pena. Y que en lugar de pretender reventar la Constitución por dentro con el proyecto de Estatut, habría sido mejor empezar por modificar aquella, ya que se daban ciertas circunstancias favorables.

Tome nota, señor Mas. Y frene sus impaciencias –por legítimas que sean y pese a tener estas un importante soporte ciudadano, pero no el claramente mayoritario- , y cálmese un poco, en bien de un proyecto a más largo plazo y con un apoyo más indiscutible de la ciudadanía. Y en bien, sobretodo, de la necesaria estabilidad que requiere  ahora el país. Que el éxito de la manifestación -a la que no acudió- no le suba a la cabeza.

 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

No vuelva a equivocarse, señor Rajoy


Usted, señor Presidente, se equivocó en su entrevista televisada al referirse a la manifestación catalana del dia siguiente. Los hechos posteriores  han venido a corraborar esta modesta opinión de observador.

Se equivocó usted en lo que dijo, como lo dijo y en el momento que lo dijo. El sentido de la   masiva manifestación que iba a celebrarse, no podía ser  calificada como un simple "lio" o "algarabía", ni se podia tratar en tono despectivo,  y fue inoportuno el momento. Estaba cantado que sería algo importante, por mucho que pueda ser valorada de distinta manera, en sí misma y en su oportunidad.

Todo esto molestó a muchos ciudadanos de Catalunya y les alentó a su participación. Se comprende que usted esté en otra onda de preocupaciones globales cuando la crisis nos sacude a todos duramente y debe tomar decisiones muy serias. Pero hay cosas que pueden parecer de segundo orden desde su enorme responsabilidad de presidente del gobierno de España en estas difíciles circunstancia, pero que deben ser atendidas, o al menos, tratadas con sumo cuidado. Y no lo hizo; mejor dicho, lo hizo mal. Y así, han empeorado.

Ahora, señor Rajoy, se ve en la coyuntura de tener que tratar el tema de la financiación catalana con el president de la Generalitat. Asunto difícil y delicado. Se le presenta como propuesta de "pacto fiscal" aprobada mayoritariamente  por el Parlament de Catalunya y con el apoyo de una gran manifestación popular -que no representa necesariamente la voluntad de todos los catalanes, pero sí de una parte muy significativa- cuyo clamor iba mucho más allá: la independencia. No es una broma.

No se vuelva a equivocar. El sentimiento nacionalista está en expansión, y en muy buena parte a causa de la mala política y, a veces, incluso el  desdén con que se tratan los asuntos de "la cuestión catalana" desde el tradicional centralismo español. Téngalo muy presente. No se escude en los excesos y desconsideraciones que también desde Catalunya se cometen con demasiada frecuencia. Sería de mal político.

Alguien ha dicho que usted es el presidente español adecuado –por flexible, moderado y saber escuchar- para tratar o encauzar de alguna forma esta cuestión o al menos algunas de sus facetas calientes. La financiación lo es. Si la economía catalana ha tirado tradicionalmente del carro de la economía  española, evitemos que una redistribución mal hecha acabe matando la gallina de los huevos de oro.

Llámese "pacto fiscal" u otra cosa, desde Madrid hay que ser sensible a la realidad, tanto o más que a las reivindicaciones literales. Alguna forma habrá para evitar que el perjuicio de una parte del país no comporte un daño global. Sin gallina no hay huevos. Y precisamente el trato inadecuado a la gallina catalana, que perjudica a todos, es ahora  uno de los factores más decisivos del incremento del malestar expresado en la manifestación de Barcelona y de la extensión del sentimiento nacionalista, cada vez más radicalizado; es decir, separatista.

No se equivoque otra vez, señor Rajoy. Usted tiene una desventaja respecto a su antecesor señor Zapatero, que mentía prometiéndolo todo  descaradamente sin ruborizarse. Usted trata de ser más sincero, y la sinceridad no siempre ayuda a hacer política. Pero debe ser sensible y realista. Hay cosa que deben tratarse con prudencia, pero también con ganas de encauzarlas. Como en los juicios, siempre es mejor un mal acuerdo que un buen pleito. Los ruidos de ruptura, aunque puedan tener mucho de ficción, dañan la convivencia, ahuyentan los capitales y ahondan la crisis.

No debe pedírsele a usted que se baje los pantalones, pero busque buenos sastres -para trajes a medida- para todos.