Comentarios y Análisis de Política

viernes, 27 de enero de 2017

Jugar a la independenci

 Jordi Pujol, el presidente catalán de más talla política e intelectual (aparte sus errores y graves peripecias económicas y fiscales, cuya trascendencia jurídica está por sentenciar), en principio, no buscaba la independencia, pero alentó eficazmente los fundamentos ideológicos y emocionales para que un día pudiera reclamarse. Devolvió la confianza y el sentido de identidad de un pueblo desorientado y abatido.



Paqual Maragall, que le sucedió, fue un gran alcalde de Barcelona y un mal presidente de la Generalidad, pero con visión de futuro en ambos cargos. Su sueño fue una ciudad más abierta y moderna para Barcelona y una Catalunya mejor reconocida en su personalidad, pero colaboradora e integrada en un Estado federal que quiso iniciar con un nuevo Estatut, ambicioso pero mal planteado y gestionado (Más lo pactó en secreto y a la baja en La Moncloa de Zapatero) del cual no se ha sabido extraer toda su potencialidad, pese a unos recortes interpretativos del Constitucional.



José Montilla, el mejor exponente de la capacidad integradora de la sociedad catalana, que le elevó a la presidencia, bastante gris y desacertado en la complicada labor de gobierno que le tocó liderar, supo, sin embargo, alertar a tiempo y públicamente como nadie, de los peligros de la  desafección política en general y de los catalanes hacia el resto del Estado. No se le hizo caso, ni por los suyos.



Después, Artur Mas, designado por Pujol como su delfín, y que pudo haber sido un buen presidente -como muchos esperaban- se deslumbró por exceso de ambición y un calculo equivocado de un gran movimiento popular, fruto de muchas causas e impotente para lograr el sueño bastante irreal que Mas quiso asumir y liderar de forma más mesiánica que práctica. Y ahí está aparcado.



En un enrarecido ambiente de prácticas políticas, poco claras y sin ejemplaridad democrática, Carles Puigdemont, surgió de la manga de algunos magos del momento, para ensayar con decisión, valentía y contradicciones, el juego de un independentismo a fecha fija. Es el rol que le han asignado y que asumió en una decisión de quince minutos, como dijo.



La carpa estaba ya montada hacia tiempo y el público ansioso del espectáculo. Con talante más joven y fresco los actores llevan ya  más de un año con sus piruetas de todo tipo, unas más arriesgadas que otras. El público –su público- aplaude. A veces algún trapecista se cae, o lo parece. Y otros tropiezan o hacen el ridículo. Se siguen oyendo aplausos. De vez en cuando, sale el elefante del Estado de Derecho, y empiezan las dudas, la división de opiniones, las deserciones. Muchos siguen aplaudiendo, para animar y animarse. Pero no se avanza. El tiempo apremia.



El elefante Estado de derecho mueve la trompa o da algún paso, y los actores dan uno o dos pasos al lado o atrás, y los trapecistas miran si hay red de seguridad, no están muy seguros. Y así sigue la fiesta circense hasta altas horas. Un largo espectáculo inútil, dicen unos; otros aseguran ir ganando posiciones. ¿Quién tiene razón? Los términos van venciendo, algo deberá pasar. El simpático y ocurrente presidente va seguro, afirma. Y lo predica aquí, en Madrid y en Bruselas, con hábiles juegos de palabras.



Seria incluso divertido si todo esto no perjudicara nada ni a nadie. Pero no es así. Mientras se juega, al independentismo o a lo que sea, no se gobierna. Y esto perjudica a todos. También a los que siguen aplaudiendo sin saber muy bien qué. ¿Quizás al magistrado independentista, autor de una futura Constitución catalana, que asegura que, en secreto, están cometiendo ilegalidades?




sábado, 31 de diciembre de 2016

Referèndum, la contradicció permanent

A banda dels que -per diferents motius- en son contraris, entre els propis partidaris del referèndum hi ha contradicció. Mentre uns diuen que el referèndum català sobre la independència es celebrarà, altres ho posen en dubte. Aquests últims dies l’escenificació d'aquest sainet ha sigut per llogar-hi cadires.
Mentre la presidenta del Consell de la renovada Convergència Democràtica –el partit de Pujol i de Mas-, Mercè Conesa, declarava que el referèndum “podria no celebrar-se”, el president de la Generalitat, Carles Puigdemont, afirmava –amb un gest de fatxenderia de poble- que “es celebraria indefectiblement al setembre del pròxim any”. Aquesta és la millor manera de desmotivar la ciutadania, fins i tot la més entregada a la causa.
Les enquestes mostren un elevat percentatge a favor d'una consulta -a tothom li agrada ser consultat- en el més favorable dels casos, o assenyalen un cert empat ja que no pocs il·lusos tirarien pel dret cap a la independència. Però fins i tot entre els partidaris de la celebració, són majoria els defensors d’un acord amb l’Estat, cosa que, per ara, resulta jurídicament, social i política, clarament inviable.
S’ha perdut massa temps sense intentar aconseguir una fórmula que, no vulnerant el marc jurídic constitucional, permetés trobar una solució a aquest contenciós amb arrels històriques. Per exemple, pactar que fos possible una votació a nivell estatal i autonòmica, a la vegada, per un millor reconeixement de la personalitat de Catalunya i una ampliació i un blindatge més clar de les seves competències.
Això, fruit de dues postures miops, de vol gallinaci i mal destrament enfrontades, ha portat el problema a un carreró de molt difícil sortida, en el qual raons i sentiments, d’ambdós costats, s'embranquen a cops de pals de tot tipus. El contrari de la política, i on, a més, el dèbil en sol sortir apallissat.
I si –com estem veient- fins i tot en la política es generen dubtes i contradiccions permanents entre els del mateix bàndol, no hi haurà més remei que baixar definitivament a la realitat del que sigui possible. Ja s'han fet passes enrere: no es el mateix proclamar -com no fa massa- que “marxem”, que dir “posem les urnes” civilitzadament, i amb serenor i sense trampes (fins ara no hi ha cap “mandat democràtic”) comptem el vots, o escoltem el que realment vol la gent del carrer i no els líders de la festa major sobiranista. Ara estem en la contradicció permanent, i a cada bogada es perd més d'un llençol.
Aquest aterrar ara en quelcom més possible, ja que fins i tot el referèndum “podria no fer-se” (Conesa dixit), –i fracassats els somnis de grandesa redemptora que el 2012 va torçar tots els reivindicatius camins del seny- , sembla que podria estar intentant el mal repintat i rebatejat partit de l’expresident Artur Mas.








jueves, 29 de septiembre de 2016

Política faltada de nobleza

Cuando, en su famoso cara a cara televisado, Pedro Sánchez acusó a Mariano Rajoy de 'indecente', dio su primera muestra pública de falta de nobleza. El candidato Sanchez tendría muchas razones políticas para descalificar a su rival, pero recurrir a una directa acusación moral siendo que Rajoy ni siquiera personalmente ha sido imputado, era pasarse demasiado.

Ahora Felipe González ha declarado que "me siento engañado; Sánchez me dijo que se iba a abstener en la segunda votación". Con lo cual se habria desbloqueado el nombramiento de Gobierno, que resulta tan perjudicial para la marcha del país. Sánchez no lo ha desmentido, y ha echado la culpa al partido. Todos recordamos su reiterado "no es no", de chulo de barrio. Falta de categoría y de palabra.

Cuando Jordi Pujol confesó publicamente su grave y persistente  irregularidad con Hacienda, que explicó con una historieta poco creible, su sucesor y delfín Artur Mas, se apresuró a ensañarse contra su "padre político", quitándole honores  y sueldo, seguramente para distanciarse de quien se lo debia todo, y salvar asi su carrera política. !Qué falta de reconocimiento y que exceso de egoismo!


Cuando los presidentes Mas y Puigdemont, los representantes ordinarios del Estado en Catalunya, para lo cual deben acatar y hacer acatar, según prometieron, las leyes democráticamente aprobadas, se revelan contra el Estado y desafian sus normas básicas, en virtud de las cuales ostentan su cargos en la Generaliat, evidéncian una falta descomunal de lealtad, a cuya romeria, además, convocan e intentan sumar a todos los ciudadanos, para lo cual utilizan todos los medios que, contrariamente, son para gobernar. ¿A como se llama eso, si no es prevaricar? 

La falta de nobleza es uno de los peores males de muchos políticos actuales. De la derecha y de la izquierda, de la vieja y de la llamada nueva política (los sin corbata y con pantalones rajados).

Nobleza, como es sabido, quiere decir honradez, honestidad, sinceridad, desinterés, altruismo, lealtad, generosidad... ! Dios, qué políticos, qué servidores del bien público nos henos dado! Líbranos de todo mal... Amén.

jueves, 25 de agosto de 2016

La raó dels radicals



 
No és que els radicals no tinguin raó, sinó que les seves raons no són les de tots, ni les majoritàries. I la convivència requereix el major consens.
Altrament, conviure civilitzadament no és possible. Si un radicalisme, qualsevol, intenta o aconsegueix imposar-se, estem en un totalitarisme. La part pretén dominar el tot.

En algun moment, segurament, tots hem sentit la temptació de la radicalitat. De creure, defensar i establir el que crèiem que era el millor: la  nostra raó. Devaluant o ignorant la dels altres.

No era mala intenció. Potser bona o, fins i tot, molt bona. Érem uns beats de la nostra suposada bondat, que repartíem a tothom en estampetes de colors. O érem uns fanàtics seguidors i defensors de la nostra sagrada veritat inqüestionable.

Beats o fanàtics, amb un fals carisma d’infal·libilitat, socialment ens comportàvem, vulgues que no, com uns malvats. Els altres no comptaven. Eren els infidels a convertir. S’havia de predicar la guerra santa.

Els radicalismes són ferment de canvi, ambició de millora. Amb freqüència, idealismes venerables. En la seva dialèctica contraposada ajuden a avançar a la societat. A treure-la de la seva paralitzant rutina, del seu aburgesament, del seu bassal sovint amb pudor de podrit.

Benvinguts els radicalismes, en la seva mesura creativa. Amb la seva específica funció positivament revolucionària. Sense sortir-se dels seus límits que marquen el sentit comú, el respecte als altres i les regles democràtiques. La seva aportació és bona, sempre que no s’obstinin a convertir-se en maleïts 'àngels caiguts'.

Tenen les seves raons. Però la raó és de tots. Alguns es mereixen estàtues en els temples, altres bons militants enfervorits de les seves causes. No líders il·luminats, convençuts de que els déus estan sempre de part seva.

Els déus de la veritat –social, política, etc.-, com la sort o l’alegria, es distribueixen per barris. Entre tots s’ha de fer tot. O intentar-ho. No amb exclusions ni imposicions autoritàries.

La democràcia  -la millor regla de convivència fins ara- és de tots. Compte amb posar-li adjectius. Abans s’inventà l’“orgànica”, ara s’invoca la “radical”. Anem per mal camí. Si és de tots, entre tots hem de definir-la, acceptar-la, organitzar-la i concretar-la, sense caòtics buits legals, amb normes jurídiques de compliment obligat.

Les raons radicals fan o poden fer la seva aportació al progrés, però no es poden imposar dogmàticament a la totalitat. Els “ismes”, com a radicalització (cadascú que hi posi aquí el seu més preuat), porten a l’ànima aquesta temptació exclusiva i excloent. Son la deïficació  del 'ego'.

Volen ser la “raó” de tot, de tots i para tots. No poden entrar (no hi mereixen entrar), en el regne convivèncial de cap cel… Son anticonvivència.

 

 

 

 

 

 

 
 

La razón de los radicales


No es que los radicales no tengan razón, sino que sus razones no son las de todos. Ni las mayoritarias. Y la convivencia requiere el mayor consenso.

De lo contrario, convivir civilizadamente no es posible. Si un radicalismo, cualquiera, intenta o logra imponerse, estamos en un totalitarismo. La parte pretende dominar al todo.

En algún momento, seguramente, todos hemos sentido la tentación de la radicalidad. De creer, defender y establecer lo que creíamos que era lo mejor. Nuestra razón. Devaluando o ignorando la de los demás.

No era mala intención. Quizás buena o muy buena. Éramos unos beatos de nuestra supuesta bondad, que repartíamos en estampitas de colores. O unos hinchas de nuestra verdad.

Beatos o hinchas, con un falso carisma de infalibilidad, socialmente nos comportábamos como unos malvados. Los otros no contaban. Eran los infieles a convertir. Había que predicar la guerra santa.

Los radicalismos son fermento de cambio, ambición de mejora. Con frecuencia, idealismos venerables. En su dialéctica contrapuesta ayudan a avanzar a la sociedad. A sacarla de su anquilosante rutina, de su aburguesamiento, de su charco oliendo a podrido.

Bienvenidos los radicalismos.En su específica función revolucionaria. Sin salirse de sus límites, que les marcan el sentido común, el respeto a los otros y las reglas democráticas. Su aportación es buena, siempre que no se empeñen en convertirse en malditos ángeles caídos. 

Tienen sus razones. Pero a razón es de todos. Algunos merecen estatuas en los templos, otros militantes enfervorecidos de sus causas. No líderes iluminados, convencidos de que los dioses están de su parte.

Los dioses de la verdad –social, política, etc. -, como la suerte o la alegría, se distribuye por barrios. Entre todos hay que hacerlo todo. O intentarlo. No con exclusiones ni imposiciones.

La democracia, la mejor regla de convivencia hasta ahora, es de todos. Cuidado con ponerle adjetivos. Antes se inventó la 'orgánica', ahora se invoca la 'radical'. Vamos por mal camino. Si es de todos, entre todos hemos de definirla, aceptarla, organizarla y concretarla, sin vacíos legales, en normas jurídicas de obligado cumplimiento.

Las razones radicales pueden hacer su aportación, pero no pueden imponerse a la totalidad. Los 'ismos' (cada cual ponga aquí el suyo) llevan en el alma esta tentación. Quieren ser 'la razón' de todo y de todos. No entrarán (no merecen entrar) en los reinos de ningún cielo...

 





 

    



 

 

 

 

 
 




 

 

miércoles, 3 de agosto de 2016

El descarat llenguatge dels politics i els mitjans

Cada vegada és més buit el llenguatge de la majoria de polítics aquests últims mesos. Pitjor encara, és pesat, reiteratiu i mentider. No és un llenguatge constructiu sinó destructiu. Un llenguatge en contra dels altres i a favor seu.

Tot és vàlid per justificar la pròpia ineficàcia i per tal de desacreditar al contrari. L’ambigüitat, la contradicció i la mentida. A més, dit descaradament, sense posar-se vermells de cara. I barroerament, sense la més mínima elegància oratòria, amb la qual s’ornamentaven les intervencions parlamentàries o mediateques en altres temps, i altres personatges de la política en gran.
I això no només evidencia el baix nivell de moltes dels nostres actors polítics, sinó que és una ofensa a la intel·ligència i al bon gust del ciutadà que potser se’ls prengué seriosament i, amb el civisme que correspon a un país democràtic, un dia els va anar a votar.
És tal la desimboltura de baixa estofa que utilitzen a través dels mitjans de comunicació per tal de desfigurar la realitat i escombrar cap a casa, a favor dels seus interessos partidaris o personals, que segurament aquests mitjans no haurien de donar-los l’acollida que no es mereixen, o pensar-s'ho dues vegades.
No estaria gens malament que les associacions representatives d’aquests mitjans –premsa, ràdio i televisió- i els propis professionals, deixessin de ser simples caixes de ressonància de tals comportaments, i es replantegessin si estan complint degudament amb el seu deure o s’han convertit en purs propagandistes de qualsevol estridència o publicitat barata.
No n’hi ha prou amb la simple postura crítica de columnistes, tertulians, opinants i presentadors. Està bé, però no n'hi ha prou.  S’ha de valorar objectivament l’interès real de les informacions o declaracions que es publiquen o es transmeten a bombo i platerets. És hora que els mitjans i els professionals, lliurement i responsable, facin també autocrítica.
I els receptors –lectors, radiooients o teleespectadors- han de conscienciar-se més – tot i que molts ja ho estan- que no s’ho han d’empassar tot, 'todo lo que les echen'.

martes, 2 de agosto de 2016

Catalunya, masa abandonada


Les coses no passen perquè sí. Des de fa anys, Catalunya gairebé ha estat abandonada per l’Estat i pel Govern. Semblava que fos un altre territori, quasi diferent. En algunes ocasions s’han tingut gestos excepcionals de bon tracte, gairebé de privilegi. Però no de normalitat.

Ni l’Estat ni el Govern han transitat ni tractat el territori català d’una manera normal, ni tan sols com està establert a la Constitució. Sempre hi ha hagut certa prevenció i algunes objeccions injustificades. I terra que no es transita amb habitualitat, hi neixen herbes de tota classe, com a la paràbola evangèlica.


Ha estat un greu error. I malgrat el que es digui, en el segon mandat d'Aznar, en el de Zapatero i de Rajoy s’ha accentuat aquest distanciament i aquest enfrontament. S’ha obert un abisme, que ara no se sap afrontar. No es tracta d’aplicar les lleis –que també- sinó d’establir una convivència i una relació normal. I això no s’ha fet, sinó al contrari.


Si tot era el mateix Estat, s’havia de veure i viure així, com diu el sentit comú i com disposa el marc jurídic bàsic general, que estableix el reconeixement de les singularitats de les nacionalitats i regions, distribuint –amb insuficiència i poca claredat, certament- les respectives competències i atribucions, segons es decidí democràticament en una norma constitucional perfectible, i per perfeccionar amb urgència.


Semblava a vegades que per tal que l’Estat, del qual la Generalitat en forma part, realitzés les seves degudes funcions aquí, hagués de demanar permís o treure’s les sabates per no infectar el país sagrat. Sentit d’inferioritat o superioritat? Desconeixement des de la capital del terreny que es trepitja? Comoditat, ja que des de les poltrones de Madrid es viu molt bé i ben pagats?

On hi ha un buit algú l’ocupa. I és el que ha passat en aquest paí , desitjable i desitjat, de Catalunya. Des de fa segles hi ha terra abonada a les reivindicacions. Sovint amb tota la raó. I últimament s’ha accentuat, i el victimisme ha trobat, com altres vegades a la història, caldo de cultiu i líders que han sabut avivar i aglutinar sentiments respectables i desitjos legítims, en moviments contra els dimonis centralistes estatals.


I, tot i que encara no semblen majoritaris, així estem: a cops de Constitució i desafiaments de curta mirada, potser suïcida. Pujol (quan era bon noi), Maragall (el denunciant del 3% i el creador del nou Estatut) i fins i tot el grisós Montilla, equilibrabran il·lusió pàtria i sentit pràctic. Mas i Puigdemont, en lloc de governar, s'han aliat amb la cridòria del carrer (que han encoratjat, amb Forcadell, Muriel, Sanchez, etc.) per tirar-se, al dictat de l'Esquerra de Junquerasi i l'inpiració de Companys, de mà de la CUP, a la muntanya de l'aventura infinita. En lloc de seguir l'exmple a Prat de La Riba, del que ara es celebra els 99 anys de la seva mort


I és que allà -al centre de la Meseta, sota un sol de mata camell- estan l'Estat i el Govern estatal, i aquí queda l'abandonament de la política en gran, i, per tant la reivindicació, la protesta i el desafiament descarat i creixent. Acabarà malament. ¿Qui té la culpa?