Comentarios y Análisis de Política

sábado, 4 de diciembre de 2010

6.- VIVENCIA DE LA TRANSICIÓN POLÍTICA



Capitulo 6



1. ¿Dónde y cómo vivió la muerte de Franco?

En la redacción de El Correo Catalán, como en todos los diarios; hacía dias y noches que se esperaba el desenlace. Por las noches se organizaban tunos, pues podía ocurrir de un momento a otro. Era agotador para todos.

Además, en El Correo coincidía con un creciente malestar por la tensión entre los nuevos accionistas y el director, que se veía acabaría mal. Esto tenía muy desmoralizado a Andreu Roselló, que pese a todo aguantaba. Y en este ambiente, ocurrió algo realmente insólito.

Y fué que, por una cosa y otra, la madrugada en que se iba a producir la noticia de la muerte de Franco, a altas horas y ya cansado, el director dió por cerrada la edición sin dejar esta vez un retén, como se hacía siempre por si llegaba la notícia y así poder hacer una nueva edición. Precisamente esta madrugada murió Franco y El Correo no pudo darlo en su edición, ya cerrada. Un gran fracaso periodístico. El Correo fué eñ únco diario del país que no dió la notícia del fallecimiento del Dictador.

Un gran golpe profesional. Hubo mativos humanos para explicar-lo, pero no para justificarlo. El dia siguiente se intentó enmendar el fallo como se pudo, pero ya era tarde. Roselló acusó el golpe de la mala suerte, se le notaba ostensiblemente, pero no comentó nada, se encerró en un silencio hermético. Como siempre, se puso manos a la obra para compensar... lo incompemsable. Yo lo sentí enormemente por él, que, como digo, pasaba un mal momento, por todos y por el diario...que había hecho el mayor de los ridículos.


2. ¿Cómo se imaginaba la España posfranquista? 


Era inimaginable. Durante los últimos años de la dictadura, todo el mundo hacía cábalas. Dentro y fuera del país. Los corresponsales de los diarios extranjeros más importantes te pedian entrevistas privadas para cambiar datos y puntos de vista.


Había la idea muy generalizada de que tras la muerte de Franco sería el caos. De que detrás de la muralla del franquismo no había nada, el vacío. Esto tenía a la gente asustada.Personalidades tan importantes como Josep Pla y Manuel Brunet me habían confesado en privado que si apretando un botón podían hacer caer a Franco....”antes se lo pensarían mucho”. Era muy significativo. Claro que, como me contestan muchos cuando se lo cuento, “eran de derechas”. Pero el miedo era generalizado.

Contactos mantenidos reservadamente con militares significados como Díaz Alegría y Gutiérrez Mellado, gracias a la mediación del bien relacionado periodista Jaime Arias, te hacían pensar que algo se movía para encauzar los acontecimientos. Encuentros también reservados, con personajes del sistema, como Martin Villa, Soncho Rof –por mediación de Socías Humbert-   y con  Manuel Fraga y otros –facilitados por Manuel Milián-, que buscaban posicionarse ante el futuro, y otros más distantes del régimen, como  Calvo Serer, Garcia Trevijano, Pablo Castellanos, etc. o de la clandestinidad, como López Raimundo, El Gúti, Jordi Pujol, Antonm Cañellas, etc. te daban idea de la gran preocupación y la desorientación del momento. Fué significativa e interesante la “Trobada del Lluçanès”, el 25 de abril del año 1972, que reunió a gente de muy diversa procedencia política e idiológica.

Después del compás de espera de Arias Navarro, las figuras del Rey y de Adólfo Suárez fueron clave, junto con Fernández Miranda, como es sabido. Todo habia quedado “atado y bien atado”, como había dispuesto Franco, pero las cosas se aceleraron y tomaron otro rumbo bien distinto. Los “reformistas”  procedentes del franquismo y los “rupturistas” de la clandestinidad vieron la necesidad de pactar. Y se pactó.

Se pactó, primero, legalizar a todos los partidos. Recuerdo la voz del ministro Martín Villa, la noche del Viernes Santo, avanzándome telefónicamente, aquel día como director en funciones del diario, la legalizacion del Partido Comunista, gracias a la negociación con Santiago Carrillo, quien había aceptado la Monarquía y la bandera. Finalmente, se pacto y refrendó  una Constitución democrática. Todo esto era literalmente  inimaginable el dia de la muerte del dictador.

3. ¿Cómo era la prensa de la Transición?

Comparto la opinión del amigo Juan Luís Cebrián, fundador y exdirector del periódico El País, quién ha afirmado que en aquella época de la transición se hizo el mejor periodismo. Pudimos publicar y comentar muchas cosas, hasta entonces practicamente imposible.

El control estatal de los medios era cada día más laxo, y las empresas no se atrevían aún a controlar demasiado. La prensa fue un auténtico Parlamento, el “parlamento de papel” des de el cuál se inició y se impulsó el cambio político. Bien es verdad que en esta valoración hay algo de autojustificación y de satisfacción personal, pero creo que fué así. La prensa catalana pesó mucho en esto, y El Correo tuvo una voz muy destacada.

4. ¿Cómo vivió este período desde su profesión de periodista?

Como mucha otra gente: intensamente, con mucha ilusión y entrega. Se iba realizando aquel sueño, más difuminado que concreto, por el cuál habíamos trabajado y arriesgado, unos más que otros.

Con ilusión porqué te permitía hacer más cosas cada día. Con intensidad, porqué te dabas cuenta que lo que hacías tenía un eco y unos resultados. Incluso hubo gente   que venía a pedirte consejo o, como mínimo, que opinases sobre lo que ellos querían hacer o creían que se tenía que hacer. Nos permitía ir dando a conocer lo que había en el trasfondo de la sociedad y de la política en clandestinidad. Dábamos a conocer a mucha gente clandestina, que luego tuvo un importante protagonismo político, como, entre otros, Gregorio López Raimundo, Antonio Gutiérrez (el Guti), Josep Pallach...  siempre de una manera discreta. La verdad es que no sabíamos dónde llegaríamos o podríamos llegar.

Te amparaba una trayectoria  que te proporcionaba una buena interrelación con la sociedad. Esto permitió algunas entrevistas personales, a escondidas a veces, con gentes que después han sido personajes de primera fila. También provocó que algunos sindicalistas y empresarios  que no veían el futuro nada claro te pidieran hablar, normalmente  en lugares reservados. Hasta algún ministro de entonces, cuando tenía que hacer un discurso en alguna inauguración o algún que otro parlamento, te pedía que le hiciera un esquema de lo que uno creía que él tenía que decir. Modestamente, a veces me sentí como un punto de referencia y de confluencia de tendencias i confidencias. Ni yo mismo me lo creía.

5. ¿Con qué personalidades tuvo un trato especial?

Me vienen a la memoria, de forma aleatoria, algunos contactos muy diferentes, pero que en el fondo tenían un sentido parecido. Por ejemplo:

Quién más tarde fue alcalde de Barcelona, Josep Maria Socías Humbert, que provenía del falangismo y luego derivó hacia el socialismo, quiso que habláramos a fondo de la situación política... , pero en casa de su suegro, ya que yo era, por aquel entonces y en opinión de algunos sectores,  l’enfant terrible, y por lo visto era cuastión de no comprometerse. Finalmente, ya en la alcaldía, me pidió asesoramiento en algunos temas,  y llegamos a hecernos bastante amigos. Fue el hombre que preparó el camino de la izquierda, principalmente  de los socialistas, al Ayuntamiento de Barcelona y su infiltración en los sindicatos oficiales. Y puso en marcha no pocas iniciativas de carácter social. Una etapa de la alcaldía que merecería  estudiarse más a fondo.

También tuve ocasión de almorzar o cenar, en privado, con algún ministro: Rosón, Martín Villa, Sancho Rof... a  menudo en un restaurante de la calle  del Bruch, el Koldovika. Sentía una cierta satisfacción, a veces pensaba: «Mira, has sembrado y ahora recoges.»

Cierto día me telefoneó Pere Durán y Farrell para invitarme a comer a El Reno. «Me gustaría hablar de una serie de cosas y comentarlas», me dijo. Me impresionaron su inteligencia, su profundidad y su claridad expositiva. En un segundo encuentro, me pidió asistir Ernest Lluch, que tenía ganas de conocer a Durán y era colaborador de El Correo. Durante la comida, Lluch fue tomando notas en un pequeño bloc. Con Durán  llegamos a tener una buena amistad; pocas semanas antes de morir habíamos comido juntos en el Orotava.

También un dia me llamo Joaquim Molins, que después ha sido un hombre importante en CDC, para decirme que quería verme. Le cité en El Correo. Me comentó que le gustaría dedicarse a la política y me preguntó mi opinión sobre lo que tenía que hacer, a quién tenía que conocer; etc.; después hemos mantenido una buena relación, y creo que es un buen político, inteligente y brillante, pero quizás demasiado bronceado con rayos UVA.

Otra anécdota bien diferente –pero también ilustrativa de aquella época– me sucedió cuando ejercía de profesor en la cátedra de Jiménez de Parga. Me llamó José Antonio González Casanova y  me dijo: «Wifredo, hay un  abogado joven que querría hablar contigo.» Quedamos que nos encontraríamos en un restaurante de la calle Urgell, de Barcelona, subiendo, a mano derecha y justo antes de llegar a la Diagonal. González Casanova se presentó puntualmente con quién después llegó a ser el magistrado Lluís Pascual Estivill. La conversación fue difícil, nada fluida, porqué ya de entrada Pascual Estivill me informó que él quería “tener poder”. Y cuándo le pregunté que proyecto tenía me respondió: «No lo sé. De momento quiero tener poder, después ya veremos.»  Vi claramente que no era una persona con la cuál pudiera mantener un diálogo, y menos unas conversaciones periódicas , como parecía pretender este abogado que decía que había sido pastor de cabras. Si no recuerdo mal, el restaurante se llamaba El Porc Alegre.

Otro día, por la tarde, me telefoneó personalmente el alcalde Porcioles para citarme en el ayuntamiento. Era precisamente el día de Corpus. Fui, claro, y me encontré con que él y Basols  me ofrecieron formar parte de su staff. Con una convocatoria de oposiciones hecha a mi medida, si fuese necesario, me comentaron. Era una oferta tentadora, pero después de pensármelo, le escribí una                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        atenta carta declinando su oferta. Más tarde me enteré que Narcís Serra y Paqual Maragall habían entrado en el staff de Porcioles, del que creo también formaba parte Roca Junyent.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

6. El 15 de junio de 1977, por fin, se celebraron las primeras elecciones democráticas. ¿La prensa podía empezar a respirar?

La prensa empezó ‘a respirar’ antes, si por respirar se entiende poder decir ya algunas cosas. En realidad, como digo, la prensa fué motor destacado de la transición política.

La llamada Ley Fraga, del 19 de marzo de 1966 vino a eliminar la anterior rígida ‘censura previa’ y a abrir bastante las posibilidades de información y opinión en comparación a lo anterior. Unos diarios y revistas aprovecharon más que otras estas posibilidades. Se establecía en la nueva ley la “autocensura”, haciendo responsable al director, principalmente, y a la empresa, del contenido de lo que se publicaba. Entonces, dependía de la empresa y del director de cada publicación que se atreviera más o menos. Algún diario se creyó tan en serio que había llegado la libertad de prensa que, como el diario Madrid, que dirigía Calvo Serer, fue cerrado por insinuar que Franco debía dimitir como hizo De Gaulle. Otras publicaciones fueron sancionadas.

El Correo Catalàn, bajo la dirección de Andreu Roselló supo aprovechar la oportunidad sin pillarse demasiado los dedos. A mi, la dirección me dejó atreverme bastante y logré un eco muy notable en toda España, ya que diarios de toda la geografía reproducían mis comentarios, que ellos no se atrevían a hacer. Con habilidad, midiendo mucho cada palabra y utilizando el doble sentido o la insinuación, logré un buen margen de libertad, naturalmente con sustos, advertencias y amenazas, que sorteamos como pudimos. Repito siempre que tuve un gran director y una buena empresa que me apoyaron, entre otras cosas porque con ello crecía la tirada del diario.

Esto, que se iba generalizando, fué preparando el clima para la transición. Quiero destacar que incluso con la “censura previa” mi diario y yo mismo colamos bastantes goles  Pero una amplia libertad de prensa empezó durante la transición, un interregno bueno para quienes supieron aprovecharlo. Después, las empresas y los partidos políticos fueron ganando terreno en el control de los contenidos, con todo lo que ello supone.

La verdadera libertad de prensa, en lo posible,.se consagró en la Constitución del 1978.

En relación con todo esto, es oportuno recordar mi relación con Fraga. No le guardo rencor, a Fraga, aunque podría... Le traté, no mucho, pero lo suficiente para pasar de ‘víctima’ a tener una ‘buena relación’. Tampoco él era dado al rencor, en el fondo era un hombre bueno y honesto, que sabía valorar al discrepanmte y al adversario. Podía atropellarte, en uno de sus arranques autoritarios, y al mismo tiempo apreciarte, como me confesó hace años, respecto a mi persona, Jorge Fernández, por ejemplo.

Recuerdo bien, del día que el ministro me llamó con urgencia a su despacho, en Madrid, su: “Espina, yo le puedo silenciar”; se me escapó, sin malicia, “Usted es ministro”. El encuentro, de pié, sin mirarme a los ojos ni darme la mano, casi no di más de sí. ¿Por qué aquella tensión?. Por un comentario mío, de apenas quince líneas, sobre la cantante Salomé. Por lo visto, ´-después lo contó Giménez Quilez, su director general de Prensa-, el tema se lo habían echado en cara a Fraga, en el Consejo de Ministros.

Era un tema aparentemente inofensivo, pero que tenía entonces su carga. Fue memorable la canción catalana “Se’n va anar” (‘Se fue’) de Salomé, ganadora en Eurovision. Un tiempo después, la cantante decidió, como tantos otros artistas, pasarse el castellano. Y cantó el “Se’n va anar” en castellano. No me gustó la versión, perdía su fuerza y encanto original. Y lo escribí así claramente, apuntando que con el cambio de idioma Salomé “se’n va anar”, se fue de donde le correspondía estar, es decir, que se había pasado de bando. Cayó como una bomba en el Gobierno y Fraga se vio obligado a llamarme a capitulo. Y lo hizo con esta bronca.

Pasado un tiempo, harto por lo visto de mis comentarios críticos en El Correo Catalán, llamó a la empresa y al director, y en la conversación les soltó que “hay que desespinizar el Correo Catalán”, frase que entonces se hizo bastante famosa. Hay que decir que ni la empresa y menos el director Andreu Roselló, estuvieron por la labor. Me recomendaron callarme una temporada e incluso irme fuera, hice una escapada a París, para que escampara la tormenta ministerial. Al regresar, poco a poco, fui volviendo a las andadas.

En un segundo encuentro con Fraga, la cosa transcurrió más amable. Con su hablar rápido y atropellado, en un momento se le escapó “yo no tengo fondos de reptiles”, cosa que en aquel momento no comprendí. Al contarlo al director Andreu Roselló al .llegar a la redacción, me di cuenta de la intencionalidad de la expresión. Me hirió profundamente que hubiera pensado o insinuado que de haber dispuesto de este tipo de “fondos” tal vez hubiese podido ‘comprar” mi silencio. Fue muy desagradable. Como Roselló me conocía, me dijo que no le diera importancia. Fraga no tenía “fondos de reptiles”, pero la verdad es que apuntó que podría ofrecerme algún cargo importante en Televisión. En carta personal le contesté que eso sería incompatible con mi profesión.

Desde entonces, noté una especial atención de Fraga, invitándome, directa o indirectamente, a ciertas reuniones más o menos reservadas en domicilios particulares o en discretos restaurantes. Esto ocurrió de una manera especial durante su estancia como embajador en Londres, en donde desarrollaba una actividad política muy frenética de cara a preparar el futuro político de España. Y desde Londres venía con frecuencia a Cataluña, manteniendo muchos y significativos  contactos con personalidades catalanas. En varias de ellas coincidimos con Jordi Pujol, que solía mostrar una actitud bastante reservada.

También  coincidimos con Andreu Abelló, Domingo Valls Taberner, Josep M. Vilaseca Marcet, Nicolau Casaus, Josep Prats Ballester, Fracisco de Villavicéncio, Simeó Miquel, Eduard Moreno, Anicet Pausas, Joan Grijabo, Josep M. Belloch, Joaquim Arana, Eduardo Tarragona, Pere Arderiu, Josep M. Vives, Manuel Milián, Carles Sentís, y otros. Fué memorable el encuentro “Trobada del Lluçanès” (abril 1972)  en la finca Puig Rafegut, del mecenas de esta y alguna otra reunión, Josep M. Santacreu. En ellas, en que se hablaba de la situación política del momento y del futuro, Fraga solía ser el principal centro de atención. Y su actitud era muy receptiva y dialogante. Era otro Fraga.Ya no intentaba silenciar a nadie...

Cuando Fraga fue elegido por clara mayoría absoluta presidente de la Junta de Galicia, le mandé unas líneas de felicitación, subrayando, de pasada, su meritorio gesto, que le honraba, de someterse a las nuevas reglas democráticas. Me contestó amable y contundente: “Espina, dejemos el pasado y miremos el futuro”,.

7. ¿Qué balance hace de la labor de Adolfo Suárez? 

Extraordinariamente positivo, como reconoce todo el mundo, en su contribució decisiva a la transición. Muy hábil y osado. Como gobernante, creo que no dió la talla. Carecía de la preparación y experiencia necesarias para ello. Cumplió, y en esto agotó su papel de político, con las difíciles y arriesgadas maniobras para la instauración de la democrácia.

Como anédotas, diré que tuve ocasión de tratarle algunas veces, esporadicamente. En la Moncloa, con ocasió de una audiencia a la directiva de la Asociación de la Prensa de Barcelona, presidida por Lorenzo Gomis, de la que yo formaba parte como vicepresidente. Nos sorprendió mucho que, en un momento de la conversación, nos dijo que “a veces se imaginaba” que por la avenida de árboles de delante del palacio “venía la acorazada Brunete” para detenerlo. Nos pareció una confesión innecesaria e imprudente. Al despedirnos, en la puerta de sudespacho, me cogió del brazo y me dijo “Wifredo, tenemos que vernos”. Aun espero que me diga algo.

Otra ocasión fué en la residencia de Carlos Sentis, en Calella de Palafrugell. Me acompañaba mi mujer, pues habíamos sido invitados a una cena bastante numerosa, que se celebró en torno a la piscina iluminada de la residencia de la familia Sentis.. Asistieron bastentes personalidades.Tambien estaba el escritor Josep Pla, quien en una conversación de pié con Suárez, le espetó: “Para gobernar se necesita algo más que ser guapo, lo cual ya es importante para las mujeres”. Los que les rodeábamos quedamos  un tanto sorprenidos de la ocurrencia del escritor, que Suárez encajo con una amable sonrisa.

8. Usted redactó unas propuestas sobre la regulación del «secreto profesional» y de la «cláusula de conciencia» de los periodistas que fueron recogidas en la Constitución de 1978. ¿Fue una iniciativa propia o alguien le pidió que las hiciera? 

Cuando se redactó la Constitución de 1978, siendo yo directivo de la Asociación de Prensa de Barcelona, impulsé y redacté unas propuestas –que ya había presentado, hacía tiempo, en unas jornadas del Círculo de Estudios Jurídicos , de Madrid, presidido por el catalán Antonio Padrol– sobre la regularización del «secreto profesional» y de la «cláusula de conciencia».

Estas propuestas fueron aprobadas en la asamblea general de los periodistas y luego se entregaron a los diputados Roca Junyent, Solé Tura y Martín Toval, para que intentaran introducierlas de alguna manera en la Constitución, que estaba en período de redacción. Y así lo hicieron, muy eficaz y hábilmente quedando recogidas esencialmente en su artículo.20, 1d..

Este hecho es una de las cosas de las cuáles estoy más satisfecho, aunque en la práctica lo que recoge el texto constitucional a menudo queda en buenas intenciones, si bien algunas veces es aplicado aplicado por los tribunales.. 

9. ¿Cree que hay que reformar la Constitución?

La actual Constitución no es partidista, sino de consenso; y este es su gran valor. Las tendencias de la derecha y de la izquierda caben en ella y pueden moverse dentro cómodamente.. Además, no es muy rígida y es posible modificarla, con unos estrictos requisitos. Pero es, podemos decir, la Constitución de la ambigüedad.

Precisamente esta ambigüedad permitió que se aprobara por amplio consenso, de ello hace ya muchos años años. Muchos intereses de toda índole se refugiaron en esta ambigüedad, a la hora de aprobarla. Todos esperaban, seguramente, que algún día ya la interpretarian a su gusto o se saldrían de la Constitución para intentar llevar el agua del texto constitucional al molino de sus intereses partidistas y, incluso, particulares.

Es lo que pasa, por ejemplo, con los nacionalismos periféricos... y también con el central. Aquellos reclaman cada día más, y el centralista se defiende atemorizado. Los periféricos, que han alcanzado un grado de autonomía seguramente como jamás llegaron a imaginarse, se proclaman víctimas porqué no se les da más, y el españolista teme al desvertebramiento del estado-nación. Es un juego de nacionalismos más emotivo que racional. Un choque de nacionalismos.

Hay una palabra mágica en la Constitución, que es la palabra “nacionalidades” (diferenciada de “regiones”), que los nacionalistas periféricos traducen por “naciones” y los nacionalistas centrales por “autonomías cualificadas”, aunque no exclusivas. Es el ejemplo perfecto de un caso de concepto ambiguo que hizo posible aquel consenso constitucional. Por esto si bien hay que respetar el texto constitucional, no se puede sacralizar.

La vida es más dinámica y rica que las leyes; pero sin leyes la convivencia se vería desbordada. Además, aquella carta magna nació en unass circunstancias muy peculiares que la marcaron y limitaron. Ponerla al dia sería muy conveniente, de manera especial en lo referente a las atribuciones a las fuerzas armadas respecto de la unidad del Estado, y en la función del Senado que no acaba de ser una cámara de representación territorial, como sería muy necesario.

10. ¿Qué pensaba la prensa el 23-F de 1981, cuando se produjo el golpe de Estado?

Durante unas horas, que se eternizaban, hubo sorpresa, desorientación y pánico. No se tenía suficientes datos para saber qué pasaba y, por tanto, para opinar. La primera impresión en la redacciones, al menos en la de mi diario, era de que se había acabado la democrácia.

Todos estábamos pegados a la televisión, a las radios y a los teletipos. Un silencio tremendo en la sala. La jefe de sección de internacional, Esther Fernández su puso a llorar. No había para menos. Se veia que estaba ocurriendo una brutalidad, pero nadie se explicaba porquè y por quién, más allá de lo que se veía o escuchaba. Los rumores y notícias contradictorias se multiplicaban. ¿Cuál sería el desenlace?¿A favor de quien estaba el Rey? No decía nada...Se hacía esperar...¿Por qué? ¿Dudaba?

Cuando, por fin, salió por televisión y se pronunció a favor de la ley y ordenó obediencia a los militares sublevados, se hizo la luz y volvió la calma. La pregunta era quién había detrás de los golpistas uniformados y si la única causa era el grave malestar generalizado por los asesinatos de ETA y el resurgimiento de posturas extremas.

Seguro que hubo más de los que hemos sabido. Seguirá el misterio... para la histórida. Tampoco la reacción a favor del sistema recien estrenado de democrácia fué unánime. Queda muchos cabos sueltos para estudiar.

viernes, 3 de diciembre de 2010

7.- Triunfo y muerte de un diario mítico, El Correo

Capítulo 7. EL CORREO CATALÁN



1. ¿Cuándo y cómo empezó su andadura en El Correo Catalán?

Resulta que despacharon al periodista Josep Faulí de El Correo Catalán, por decisión del mismo que lo había metido, mosén Rosell, que tenia mucha  influencia en el diario cuando el periódico aún era tradicionalista. Faulí, una persona inteligente y trabajadora, tenía un carácter  enérgico y impulsivo que le provocó  un fuerte choque con la empresa, que lo echó a la calle de forma fulminante, por haber alentado una protesta en la redacción con motivo, creo, de un conflicto laboral..

    Como buen amigo y compañero de promoción, me telefoneó enseguida para decirme que en el periódico había una vacante que quizás podía interesarme y que posiblemente me llamarían. Y efectivamente, unos días más tarde me llamó el director del periódico, Andreu Roselló.

    Entré en el periódico como responsable de la sección de Nacional, aunque los primeros días estuve de ayudante de Joan Anton Benach, jefe de la sección de Religiosas, y de quien aprendí a seleccionar y pegar teletipos, de lo que yo no tenía ni idea.

    Así empezó todo, aunque podría añadir unos cuantos datos más y explicar algunas curiosas circunstancias  incluso pintorescas, como una supuesta mediación del confesor del señor Baygual, el principal accionista y amigo de un tío mío (el tiet Salvador), el creador de la empresa de leche condensada La lechera.. y con quien congenié bien durante mis años de estudiante en Barcelona. No supe nada más de esa hipotética intervención que la expresada intención de mi tío de tener un contacto con el confesor del dueño del diario; nunca osé hablarle de este asunto. En la vida no todo es claro y sencillo, como a veces parece.

2. ¿Cómo le surgió la idea de hacer la columna «Cada cual con su opinión»? ¿Qué estructura tenía y qué temas trataba?

A menos de un año de estar en El Correo, después de una serie de artículos sobre temas económicos, sociales, sindicales y municipales en los que hacía críticas bastante duras (y por los cuáles curiosamente me felicitó el alcalde Porcioles, que me ofreció un cargo fijo de asesor en el ayuntamiento, con montaje de oposiciones incluido, que rehusé por escrito por razones de dignidad e incompatibilidad, como explicaré), me di cuenta que el único camino posible de hacer oposición a la política oficial pasaba por la parcelación de los temas objetos de crítica. Es decir, que no se podían hacer cargas o críticas frontales sobre un asunto, porqué no pasaban la férrea “censura previa”, entonces vigente. Había que parcelar la temática y afinar el ingenio y hablar entre líneas para burlarla.

   Era conveniente, también, repartir y dosificar los temas; esto es, juntar un pequeño repaso al Ayuntamiento con otro al ministerio de Industria, al de Economía, al sindicato único, a la burguesía, a la banca... No un ataque directo, frontal, contra la política básica del gobierno, sino pequeñas escaramuzas contra una serie de hechos puntuales y contra ciertos planteamientos teóricos globales, poniendo de relieve las contradicciones que había entre ellos. Este era un buen truco y muy eficaz para ir socavando las bases del sistema.

    Un día, con esta idea en la cabeza, me quedé a trabajar hasta muy entrada la noche, la información que había recogido de los teletipos y le añadí unas anotaciones y breves unos comentarios. Llevé este esbozo de artículo al director Andreu Roselló, que estaba en el despacho de Ibáñez Escofet –quien se extrañó de este gesto-, para que le echara un vistazo y me diera su opinión. Se lo leyó y, para sorpresa mía, dijo: «Molt bé, xiquet». Acto seguido lo codificó y lo metió en el tubo que en aquellos tiempos conducía los originales a la imprenta.

   Al día siguiente lo vi publicado, destacado y con mi firma. Lo que para mi había sido una simple muestra de lo que podía hacerse se convirtió así en el primer artículo de una sección que, teniendo en cuenta las circunstancias de la época, caló con fuerza en la opinión pública...  y me proporcionó también muchos quebraderos de cabeza, dentro y fuera de la redacción.

        A partir de entonces, mi dedicación a la Escuela de Periodismo, a la Universidad y a algunas revistas empezó a decaer y me dediqué fundamentalmente al periódico.

4. La empresa editora le dejaba publicar lo que realmente pensaba... ¿Por qué cree que actuó así?

La sección empezó a tener cierto eco en la opinión pública.  Se explica, por tanto, que Roselló, como director, e Ibáñez, entonces jefe de redacción, la miraran de buen ojo, y que la empresa me diera bastante carta blanca. El gerente, Josep M. Baygual, era un empresario que provenía del sector textil -como su padre que, como he dicho, era el más importante accionista de El Correo- y lo que realmente le interesaba –sin desinteresarse de la tendencia ideológica- era una buena tirada del periódico y ganar dinero, es decir, ser empresario de prensa, cosa que en aquellos tiempos no abundaba mucho, ya que los empresarios periodísticos eran a menudo políticos o, también, empresarios en otra actividad.


5. Su columna llegaba a todas las clases sociales. Incluso, algunos jóvenes decidieron dedicarse a la política tras leer sus artículos, como usted ha confesado en alguna ocasión. ¿Se veía como una especie de líder de opinión?

Me consta, incluso por testimonios personales, que tras leer mis artículos algunos jóvenes decidieron dedicarse a la política. Hace años, por ejemplo, me lo confesó un exalcalde de Sant Cugat: «Si yo hago política es por ti, porqué te leía», me dijo. Y no es el único político que me  lo ha dicho
.
    En cuanto a eso de verme como “un líder de opinión”, no; no me consideraba tanto ni me subían los humos a la cabeza, si a esto se refiere. Pero todas estas circunstancias y manifestaciones eran como un acicate que me estimulaba en mi labor y también para no defraudar a mis lectores. Te entra un cierto “punto de honor”...; esto es verdad. No creo que sea insano, más bien un estímuilo y una compensación.


6. ¿De dónde venían las reacciones más críticas a su trabajo? ¿No tenía miedo a posibles represalias?

Las reacciones más críticas con mi sección vinieron, principalmente, de miembros del gobierno y de los sectores políticos más ultras.

    Recuerdo, por ejemplo, una llamada del ministro Fraga a Roselló diciéndole, más o menos: «Mañana, a las diez de la mañana, quiero a Espina en mi despacho.» Me recibió de pie y, sin mirarme a la cara, me espetó: «Espina, yo le puedo silenciar.» -Usted es ministro contesté, sin pensarlo. Y después de una pausa añadió a media voz: «Yo no tengo fondos de reptiles.» Ingenuo de mi, no entendí qué quería decir con esto en aquel momento; luego en Barcelona me aclararon que los “fondos de reptiles” era el dinero para “comprar” voluntades, por ejemplo a periodistas. Me entristeció y disgustó mucho que todo un señor ministro me hubiera insinuado esto. Una frase que se hizo popular en el ministerio y trascendió en los medios profesionales y políticos, fue la de Manuel Fraga a los representantes de la empresa del diario: «Hay que “desespinizar” El Correo. Catalán»

      Ciertamente, mi sección fue adquiriendo bastante  gancho y ayudó a aumentar los lectores de El Correo. Una cosa que me impresionó fue el gesto del ingeniero  del túnel del Cadí, Albert Serratosa, durante una celebración oficial en el Palacio de Pedralbes, sacó de su cartera y me dió un recorte de periódico que le  había entregado un campesino del otro lado del Cadí. Era un recorte de mi sección, Cada cuál con su opinión, que el buen hombre guardaba para enseñárselo a la gente. Otro día, un señor ya mayor se presentó a mi casa de imprevisto. Me traía un fuet y una botella de vino de parte, me dijo, de un “club de amigos de Wifredo Espina”, en la Alta Ribagorza, que –según me contó– se reunía cada semana para comentar mis artículos.

    Son anécdotas y vivencias estas que hacen que te entusiasmes con lo que haces y que te sientas apoyado; incluso llegas a sentirte algo importante. Increíblemente, mi sección era leída tanto por intelectuales, políticos, obispos y empresarios como por obreros, porteros, campesinos, pastores... Sorprendente! Nunca he sabido muy bien por qué.

        Naturalmente, Cada cuál con su opinión también me dio buenos disgustos. Incluso dentro del mismo diario. Un accionista, un viejo carlista, Martirià Llosas, llegó a amenazarme con despedirme: «Espina, piense que tiene mujer e hijos», me dijo un día, bastante enojado por lo que yo había publicado.  Sólo es un ejemplo de algunas tensiones internas. Pero la astucia de Roselló me permitió ir trampeando las situaciones; siempre con el consentimiento del gerente y de los otros socios de la empresa, como el representante de los algodoneros, que eran los más abiertos. Precisamente este, Domingo Valls Taberner, la voz cantante de este sector, el día que Jordi Pujol y los suyos compraron el periódico me dijo al despedirme al pie del ascensor: «Éstos lo echarán todo a perder.» Profético!

        No puedo dejar de mencionar que un par de veces tuve que callar durante dos o tres meses por culpa de toques de atención a la empresa por parte del Gobierno, y también por sentido de prudencia del director. En varias ocasiones me persiguieron los fachas  e incluso tuve que “exiliarme” a París. Cuando volví, el director o su secretario Paco Ruiz Macipe me acompañaba a casa cada noche al cerrar el diario, por si acaso. Mi mujer a veces me recuerda aún haber recibido llamadas telefónicas con amenazas de muerte, cosa que la tenía muy amedrentada, como es natural. No llegó a pasar nada.

7. ¿Considera que El Correo Catalán era una publicación catalanista?

Intentaba serlo, discretamente. Ibáñez Escofet, el subdirector, hombre inteligente y con una pluma muy brillante, –con quién yo tenía algunas discrepancias sobre la profesión, que él consideraba un oficio–, era un catalanista bastante radical -no sé si era nacionalista- e influía decisivamente en la tendencia del diario. Yo era más catalán que un “catalanista”, y me preocupaban los temas políticos pero también los sociales. Políticamente he estado más en la línea del gran historiador catalán Miquel Batllori, jesuita, que se consideraba –según   sus propias palabras–, como mucho, un «nacionalista cultural». Tengo alergia a los “ismos”, a todos en general, naturalmente también al “españolismo”. Mi espíritu tiende al cosmopolitismo, a valorar más a las personas que a los grupos de cualquier índole.

        Andreu Roselló, el director de El Correo, estaba más por “hacer país” que por el nacionalismo político, así que el periódico “hacía país” con el acento catalanista que le imprimían Manuel Ibáñez y algunos colaboradores como Joan Fuster, Joaquim Maluquer, Andreu Abelló y otros que se fueron añadiendo a la lista. Hasta que la entrada, como accionistas, de Jordi Pujol y Josep M. Vilaseca Marcet, y sus ‘acólitos’ (Bayer, Bascompte,etc), fue acentuando el espíritu catalanista y nacionalista del diario. Fue precisamente en este momento que El Correo empezó a decaer y a perder ventas.

    Nuestros lectores se encontraban más cómodos cuando “hacíamos país”, y teníamos secciones tan destacada como las de temas municipales y sociales (de Huertas, Fabra, Pradas...), de tipo religioso progresista (Casimir Martí, Josep Bigordá, Rovira Belloso...), económicas (Carabén, Lluch, Ros, Giralt, Guasch, Maluquer...) o deportivas (Morera Falcó, Sierra...), y es en este sentido que se llevaron a término muchas iniciativas –algunos artículos en catalán, ediciones comarcales, etc.– que más tarde fueron imitadas por otros periódicos. Ciertamente,
El Correo Catalán fue un periódico pensado en catalán, aunque escrito en castellano, que marcó una época. Aún se dice con orgulo entre profesionales:“yo estuvo el El Correu”.

        Cabe destacar que una de las primeras actuaciones, más o menos clandestinas, del cantautor Raimon fue precisamente en los talleres del periódico, de la mano de Ibáñez y Fuster. Cantó y tocó la guitarra subido en la rotativa de El Correo y con todo el personal y algunos colaboradores del periódico como público. Aún siento con nostálgia dentro de mi el eco de aquel vibrante Diguem no! del cantante subido a lo alto de la vieja rotativa.


8. En pocos años, bajo la dirección de Andreu Roselló, El Correo Catalán pasó de ser un periódico más bien olvidado –tan sólo vendía quince mil ejemplares cada día– a ser un órgano de opinión fundamental que era comprado por más de cien mil personas. ¿Cómo se explica esta metamorfosis?

Creo que fue debido a la gran operación dirigida por Roselló e Ibáñez Escofet, que se esforzaron por convertir en un producto profesional, y aséptico al principio, aquel periódico que había sido carlista, tradicionalista, y que aún llevaba la bendición de todos los papas en la cabecera. Hay que reconocer que lo consiguieron, dentro de las posibilidades de aquella época. Pero, en cambio, una vez realizado este proceso no se acertaba a dar al diario una orientación ideológica. Por lo que se refiere a darle una orientación, creo que Ibáñez y yo contribuimos a ello –por mi parte de manera espontánea y casi inconscientemente con mis artículos y el apoyo clarísimo de la dirección y la empresa.

Por otra parte, aunque el Régimen era aún muy fuerte, El Correo se atrevió a hacer catalanidad, a criticar y a adoptar una cierta tendencia hacia el centro-izquierda. Cuando esta opción se hizo evidente, El Correo encontró un eco muy importante en la sociedad. Y no sólo en la sociedad catalana, sino también en Madrid. Conservo carpetas llenas de artículos míos reproducidos en diarios de todo el país. El profesor Martínez Albertos me rebautizó llamándome “el político catalán que leen los ministros”. El ministro Fraga –y decían que también López Rodó y algún otro– casi cada mañana, antes de la diez, ya habían leído lo que yo escribía en El Correo. Reconozco que esto me daba ánimos, empuje... y también angustia.

9. El Correo Catalán presentó a sus lectores al ex presidente Josep Tarradellas. ¿Cómo fue?

En los años 1966 y 1967 casi nadie conocía a Tarradellas. Cierto día, Domingo Valls i Taberner, que era uno de los que le mandaban dinero para que pudiera vivir, vino a ver a Roselló y le preguntó qué se podía hacer para dar a conocer a Tarradellas des de El Correo Catalán. Por aquel entonces teníamos en París un corresponsal muy avispado, Pol Girbal, y él y Roselló propusieron que, ya que se acercaba la Navidad, podíamos hablar de un notable campesino catalán que vivía en Saint-Martin-le-Beau cultivando viña...(también escribía cartas a todo el mundo, pues seguía muy bien la actualidad catalana y española))

    En una entrevista, pués, que le haría Pol Girbal, Tarradellas diría que había hecho cosas durante la República, pero sin decir nada del hecho de que era el presidente de la Generalitat en el exilio ni nada parecido, que esplicaría su vida cotidiana,etc. Así se hizo, y mucha gente conoció la existencia de Tarradellas a través de la entrevista publicada en El Correo. Y todo gracias a la astucia de Roselló y la habilidad de Pol Girbal.  

10. ¿Por qué cree que se hundió este diario?

No se hundió, lo mataron. Algunos se empeñan en decir que no supo adaptarse a la nueva situación, no es cierto. Habia ido ganando terreno a “La Vanguardia Española” (era su nombre) de tono oficialista. El dinamismo de “El Correo Catalán” y su aire muy catalán y preocupado por los temas sociales, habian conquistado un amplio espacio entre los lectores y era punta de lanza en muchas cosas. Su postura crítica sobre la situación política y social caló muy hondamente y fué diario de referencia en toda España.

    La entrada de accionistas muy politizados en determinadas tendencias, fué mermando su independencia y el crédito que esta le había granjeado entre los lectores. Como ya he  indicado, el peso que adquirieron esos nuevos socios en la orientación del diario fué tal que se empezó a considerarse como ‘el boletín del pujolismo’, en expresión de Lorenzo Contreras.. El propio Jodi Pujol en persona venía con frecuencia a la redacción y daba orientaciones concretas, e incluso escribió algunos de sus editoriales. Esto fué el motivo del creciente malestar entre Pujol y Roselló, quien acabaría siendo cesado, y fué sustituido por Lorenzo Gomis, muy buen escritor y poeta, pero un mal director de diario.

     Era bastante sabido que yo era el candidato “in péctore” de Roselló para sucederle algún dia, pero creo que nunca llegué a tener la plena confianza de los nuevos socios. Llegaron a insinuarme la posibilidad de que fuera el nuevo director, pero, como había vivido muy estrechamente el calvario de las tensiones con Roselló, le dije a éste antes de su cese, que yo no era candidato; no quería pasar por una situación parecida. Con Lorenzo Gomis, que empezó ilusionado aunque con poco acierto, el diario siguió bajando, y así despúes los directores se fueron cambiando.

    Al final, el diario entró en constantes conflictos laborales -que a vaces escondían posiciones ideologicas- y entró en grandes pérdidas, ligadas al nuevo diario Avui, practicamente de los mismos empresarios. Desprestigiado por la falta de independencia y el sometimiento a la nueva línea y con descenso de lectores, los ‘acólitos’ de Pujol, con el consentimiento de éste, decidieron cerrarlo. Lo mismo que ocurrió con el prestigioso semanario Destino, que cayó en manos de Pujol, quien había encomendado su dirección y gestión a Porcel y a Melià, que obedecían consignas suyas. Esto nos llevaria a recordar el fallido caso Banca Catalana...Pero esto es otro asunto.

     Explicar el hundimiento de El Correo –El Correu- merecería todo un libro para contarlo bien. Los que se han publicado, como el interesante de Víctor Saura, se acercan bastante a la realidad. Y el del ex gerente y consejero-delegado, que protagonizó el cierre, José Novoa, pese a aportar muchos datos y vivencias personales, por tanto de primera mano, está demasiado lleno de parcialidad y apasionamiento. Pronto desapareció de las librerías, como por arte de magia. Es fácil imaginar lo que pasó...

    Este es,  a grandes trazos, una visión de la historia de una apasionante trayectoria –del triunfo a la muerte- de un diario mítico, y mi modesta relación profesional con el mismo.



miércoles, 2 de diciembre de 2009

100 preguntas a Wifredo Espina

Capítulo 8

 LA LABOR DE PROFESOR Y DIRECTOR DE REVISTAS


     Un director debe defender la independència del diario


1. Volvió a Barcelona en 1957 y, como muchos, se convirtió en un pluriempleado mas. ¿Como podia combinar tantos trabajos?
  
Un poco fastidiado por el rumbo que iba tomando el semanario madrileño, que cambió de propietario, regresé a Barcelona. para cursar el doctorado en derecho y como delegado de la revista Crítica, que era la que había dirigido en Madrid, y me permitía ganar algun dinerillo.
La revista pasó de manos del industrial de papel, Emilio Revilla, a las del prestigioso escritor Lúcio del Alamo y después a las del delegado de una famosa marca de coches, de cuyo nombre no me recuerdo ni quiero acordar-me. Me llamó para comunicarme que había comprado el semanario, convocándome a una visita en su casa. Me recibió tumbado en una camilla con dos masagistas dándole en la espalda y las piernas., y hablamos cuatro frases de sin inmutarse..Al salir ya tenía mi determinación tomada; no quería saber nada de aquel personaje, viva imagen del nuevo rico madrileño.
Aquí compaginava como podia mi labor docente en la Escuela de Periodismo del CIC y en la cátedra de derecho político regida por Manuel Jiménez de Parga, en la Universidad de Barcelona, con mi trabajo en el Instituto de la Opinión Pública y en las revistas Crítica, CEAM y principalmente Revista, que tenia un buen nivel cultural. Incluso escribí un libro sobre economía por encargo de un Procurador en Cortes catalán, que lo firmaba. Yo lo dictaba y mi esposa lo escribía a mano mientras con el pie movía la cuna de nuestro primer hijo. Con qué ilusión estuvimos trabajando una semana para ganar unas cuantas perras!
¿Como podia compaginar todo esto? Era joven, con mucha vocación y ganas de trabajar.
  
2. Durante once años (1959-1971) fue profesor ayudante en la càtedra de Derecho Político de la Universidad de Barcelona. ¿Le gustava mas que preparar los juicios?

De juicios preparé pocos. Aconsejaba a mis clientes llegar a acuardos. Los juicios son caros, lentos y no se sabe qué puede ocurrir. Es cierto aquello de que es mejor un mal acuerdo que un buen pleito. Ya he contado antes algo de esta experiencia mia.
El Derecho me gustaba muchísimo, así como defender a personas con argumentos jurídicos. Y creo que tenia cierta predisposición. Me ha satisfecho mucho la Medalla de Oro que, al cumplir los cincuenta años de colegiado, me entrego el Colegio de Abogados de Vic, en el Salón de la Columna del Ajuntamiento, con unas muy generosas palabras del magistrado del Constitucional Eugeni Gay.
Como dije en aquel acto, la experiencia de abogado en Vic me convenció de que en el pariodismo podía pasar de defensar intereses individuales a defender a la sociedad de los abusos de los poderes políticos, económicos, etc. Este ha sido mi destino…La enseñanza también me atraía, sobre todo en aquellos tiempos difíciles en que, en conciencia, era obligado hacer ver a los alumnos el caracter represivo de la legislación vigente en materia informativa y las las contradicciones entre ciertos grandes principios proclamados en leyes básicas y la práctica. En sus memórias, la diputada socialista Ana Balletbó, que fué ajumna mia en el CIC, dice que era un ‘buen profesor’.No lo sé, pero intenté ser pedagógico y honesto.

3. También fue profesor en el CIC, la Escuela de Periodismo de la Iglesia en Barcelona. ¿Qué enseñanzas y consejos les daba a sus alumnos?

Como enseñaba régimen jurídico de la informacón, insistia en que hay conocer las leyes aunque no nós gusten. Había por algunos, explicablemente, con cierta reticencia y desinterés en estudisr la legislación sobre la información (prensa, radio, televisión) vigente entonces, incluso la llamada “ley Fraga”, que suposo un notable apertura pese a todos te podian sancionar o cerrar el periódico, importaba conocer la normativa a la que atenerse o no atenerse. Cada uno es libre de jugársela, ahora y entonces, pero debe saber lo que se juega. La ignoráncia es del género tonto.
En la Escuela de Periodismo del CIC había mucha libertad, y una gran sintonía entre profesores y alumnos. Se defendias los valores democráticos y la libertad de expresión, de la forma más natural. Entre el profesorado se contaroon muchas de las personalidades intelectuales y profesionales del país, con espíritu abierto y tolerante. Esto le dió mucho prestigio, y de dichas escuela han salido muchas de los más destacados profesionales del periodismo. En esta onda dominante, yo procuraba ser didáctico y honesto. La instictución que acogía la escuela, el CIC, dependiente de la Iglesia i presidida por el prestigioso intelectual Joan Triadú, en aquellas circunstáncias, un buen marco para que dominara este espiritu. Y el inolvidable hombre bueno que dirigía la Escuela de Periodismo, mosen Joan Alemany, con la ayuda técnica, en la secretaría, del después gran profesor Miquel de Moragas, y un equipo directivo muy valioso, conformaro un centro de enseñanza y de formación civica que ha marcado a varias generaciones. Fué y siguen siendo un inolvidable referente.

4. ¿Alguno ha llegado a ser un periodista relevante? 
 
Muchos, como he apuntado antes. En el libro de Roser Bofill sobre aquella escuela, con motivo, creo, de sus 25 años, figura una larga lista de docentes y alumnos que pasaron por aquellas aulas. Resulta muy interesante repasarlo. Muchos profesionales se jactan d’haver estudiado en la escuela del CIC. Imprimia caracter, por su ambiente liberal y democrático frente a la Escuela Oficial de Periodismo que, todo hay que decirlo, le salió mal al gobierno: pretendia formar profesionales más o menos adictos al Régimen, pero resultó que el alumnado rebotaba ante esta pretension.

5. Suele decirse que en Periodismo se tocan tantas cosas por encima que el alumno se licencia sabiendo poco. ¿Como organizaría los estudiós actuales?

Se sale especialista de nada. Siempre he defendido que Periodismo -como ocurrió después- debía estudiarse en la unversidad, tener nivel universitario, que le daría más solera e independencia. Pero no, como suele ocurrir, considerado como una carrera larga, sino de segundo grado y para licenciados en otras materias. Saldrían profesionales con una formación especíalizada (en economía, historia, literatura, filosofía, etc) y con conocimientos específicos en información y comunicación, que son ante todo conocimientos prácticos. El nievl profesional, en general, ganaría muchísimo.

6. ¿Qué recuerda la etapa en la que dirigió la revista econòmica CEAM?

Me permitió tener contacto directo con el mundo empresarial y económico. Allí conocí precisamente a Jordi Pujol, cuando dirigía Banca Catalana, que había fundado para dotar a Catalunya de un instrumento financiero que potenciara su política catalanista. Pujol demostró con esto tener una clara visión del peso de la economía y las finanzas en el mundo de la política. Pero el experimento no acabó de salir bien, mejor dicho, terminó muy mal, con su quiebra. Puso la banca al servicio de “su” política, de su concepcion personal de Catalunya, y se hundió. Le sirvió de magnífica plataforma para su carrera política personal y partidista, pero como realidad bancaria fracasó. La economía tiene sus reglas propias. Pujol ha sido un gran político, pero un mal empresario.También, en sus manos, se hundieron El Correo Catalán y la revista Destino.
Conocí a Pujol CEAM. Yo iba a entrar en mi despacho cuando Vicenç Oller, jefe de estudios, y Juan Ortega, su segundo, me advirtieron de que estaba por llegar Jordi Pujol, entonces banquero, que iba a hablar con Fernando Del Pozo, secretario general de CEAM. Había expectación. Pujol entró de prisa y con paso firme, saludó con gesto seco a los que estábamos allí y le metieron en un despacho, donde iba a tener la entrevista. Daba la impresión de que llevaba puesta una cierta aureola sagrada, de un personaje superior e inabastable. Me impresionó fuertemente.
En la revista CEAM, que hasta entonces era un simple boletín, cree una especie de consejo asesor, del que formaban parte, entre otros, Narcís Serra, Jacint Ros Hombravella, Vicens Oller, Juan Ortega y Francesc Santacana. Nos reunimos, creo recordar, solo un par de veces. Fue una ayuda para la trannsformación de la revista.

7. ¿Qué cualidades debe tener un buen director?

Hay diferentes tipos de derectores. De los que he conocido, uno de los que más me ha impactado ha sido el que lo fué de Le Monde, Jean M. Colombani, aunque me pareció más empresario que profesional del pariodismo. He valorado mucho a Horacio Sanz Guerrero, de La Vanguardia, e Ibañez Escofet.de TeleXpres. Pero quien más me ha influido y he considerado un gran director ha sido Andreu Roselló, de El Correo Catalán, que se adelanó en muchas cosas, desde la independencia del diario, en tiempos muy difíciles, hasta su misma maquetación, que le daba mucho atractivo.
Además de un buen conocimiento de todas las secciones de una publicación, tener autordad moral, es imprescindible para un director. Tener sentido de equipo y cierta humildad. Pero es esencial que su personalidad y autoridad moral le permitan preservar el diario de las infinitas y fuertes presiones, influencias y tentaciónes que siempre intentan socavar la independencia de la publicación, desde fuera y desde dentro de la empresa.
Roselló fué un ejemplo. Supo burlar la censura gubernamental y la de la pròpia empresa. Podria contar muchos casos de antologia. Mi misma sección de crítica política fue una muestra. Y a un socio muy importante de la empresa , señor Aguilar, que nos acusaba de hacer marxicmo, lo toreó con una larga lista de citas del Concílio Vaticano II, durante un consejo de administración.

8. ¿A qué tipo de personajes entrevistaba en la sección «Genio y figura» de Revista?

Revista era un semanario que lucía una cabecera diseñada por Dalí y había sido fundado por un grupo de intelectuales de primera categoría. Más tarde quedó reducido a un mediocre semanario de cultura y arte. Yo entré como redactor-jefe, pero además hacía una sección titulada “Genio y figura” que tuvo algún éxito pues dedicaba dos páginas centrales a personajes de categoria y actualidad. Esto, profesionalmente, siempre es muy agradecido.
El director del semanario en esta etapa decadente era Manuel Riera Crivillé, personaje inteligente, seductor de mujeres y empresarios, con un fuerte componente de iluminado, más soñador que realista, que al final tuvo que poner pies en polvorosa y huir a Francia. Él decía que como exiliado político, cosa que quedaba muy bien, pero en realidad tuvo que tomar las de Villadiego por culpa de un montón de letras impagadas. Tenía una tentadora verborrea y buena presencia y sabía engatusar a la gente con dinero para que le ayudaran a sacar adelante la revista, pero al final se le acabaron los benefactores y se le acumularon las deudas. Pagaba poco a sus colaboradores, y más de una vez nos había dicho, a finales de mes: «Tenemos tanto, así que nos lo repartiremos como buenos hermanos»
Recuerdo que una tarde que yo necesitaba dinero, ya hacia el final, fui a su oficina a ver si podía cobrar. Al entrar en el despacho de su secretaria –Dolors Coll, muy eficiente y discreta–, esta me dijo que el director tenía una visita. Me disponía a esperar lo que hiciera falta, con tal de no irme de vacío, pero pronto empezaron a oírse gritos y chillidos que provenían del despacho del director, gritos cada vez más fuertes. Por si las moscas, le dije a Dolors que ya volvería otro día, y inicié el descenso por la noble escalera de caracol que me conducía al despacho. Aún no había bajado un piso que aquella voz chillona me interpeló, des del ojo de la escalera: «¿Qué? ¿Usted es también uno del grupo, verdad?» «No, yo sólo venía a cobrar, ¿sabe?» respondí sin levantar los ojos y acelerando el paso.
Se cuenta que, al salir de su despacho, Manuel Riera, tranquilo él, preguntó a su secretaria: «Dolors, ¿se han oído mucho, los gritos de este señor que acaba de salir?» «Un poquito.» «Pues avise al carpintero para que coloque un listón en la parte baja de la puerta.» Se ve que ya estaba acostumbrado a esto y a que aquel tipo de “conversaciones” continuara.
   
9. ¿Cree que esta sección le catapultó a El Correo Catalán?

Es posible que algo influyera, aunque en realidad creo fue todo mi currículum lo que me permitió entrar en El Correo. No sabría decirle en qué medida pudo ayudarme la sección de entrevistas en Revista., pues los personajes que entrevistaba le daban una buena proyección.

10. Organizó el primer seminario de Derecho de la Información en España en los años sesenta?. ¿Por qué cree que nadie se preocupo de preparar uno antes?

En la cátedra de Manuel Jiménez de Parga coincidí con Jordi Solé Tura, José Antonio González Casanova, Isidre Molas, Juli Busquets, y Josep M. Vallès, entre otros destacados universitarios. Y en aquella cátedra se organizó el primer seminario sobre Derecho de la Información que se celebró en España. Lo propuse al catedrático don Manuel, como le llamábamos, y me dijo que sí inmediatamente y me encargué de ello.
Después la misma asignatura la impartí en la Escuela de Periodismo del CIC.
Aprovacho para reivindicar la figura del doctor Jiménez de Parga, últimamente caida un tanto en desgracia en Catalunya a raíz de unas palabras suyas quizás inoportunas y mal interpretadas. No se olvide que a su amparo, fuimos muchos los universitarios de las más diversas ideolgías, que nos pudimos reunir y llevar a cabo una labor docente con total libertad. Muchos catedráticos y profesionales de toda índole encontramos cobijo, en tiempos muy difíciles. Y él mismo, con sus colaboraciones en Destino (Notíaias con acento) y La Vanguardia, fué un adalid en la lucha por la libertad de prensa. Esto no hay que olvidarlo de un profesor que estuvo muchos años en Barcelona donde ha dejado muchísimos alumnos y buenos recuerdos.
¿Por qué no se habían creado seminarios sobre Derecho de la Información? Era un tema muy delicado. Había que estudiar y enseñar, naturalmente, la legislantes represiva de eata libertad, entonces vigente, y señalar sus absurdidades y contradicciones. Podías pasarte y crearte algún problema. Seguramente por esto nadie, que yo sepa, antes se había puesto en esta labor. Me atraen los riesgos calculados.

martes, 1 de diciembre de 2009

9.- Vida y muerte de una institució catalana plural y abierta al mundo

 Capítulo 9
CENTRE D’INVESTIGACIÓ DE LA COMUNICACIO

1. ¿Cómo y por qué nació el Centre d’Investigació de la Comunicació (CEDIC)?

Tras el cierre de El Correo, empecé  a colaborar en La Vanguardia como comentarista. Pero un buen dia Jordi Pujol, como había hecho otras veces, me invitó a comer en la Casa dels Canonges, y en la conversación surgió nuevamente  su interès por el mundo de la prensa y de los medios de comunicación en general, y de lo que se podia hacer, de lo que convendría  hacer y de otros asuntos, interesándose, también, por mi disponibilidad.

Después de hablar con Pujol sobre todo esto, tuve una reunión con Lluís Prenafeta, secretario general de Presidència, que me había citado en su despacho del Palau por indicación de Pujol. Salió el tema y como me pidió que concretarà algun proyecto, le adelanté la idea de un centro d'estudios sobre comunicación que, en principio, no le desagradó.

Inicialmente, Prenafeta me empujaba, de una manera muy elegante, para que el posible centro fuera una cosa más o menos profesional, pero yo lo llevé al campo más científico, ya que veía un peligro de politización si se inclinaba hacia un ente de vinculado con el mundo profesional o que pudiera tener relación con él. Quería evitar que puediera convertirse en un posible   enlace  entre Administración y profesionales. Noté que mi fórmula no le convencía demasiado a Prenafeta, precisamente porqué quedaba al margen de la política. Pero como yo contaba con cierto beneplácito de Pujol, la cosa  se enfocó tal como yo deseaba.  

La idea no era del todo original mía, justo es reconocerlo, ya que en el II Congreso de Cultura Catalana y ya en el I Congreso de Periodistas Catalanes se había planteado un posible instituto público de la comunicación que dependiera de la Administración catalana. Recogiendo, en parte, esta idea, decidí seguir este camino.

Una de mis tareas jurídicas en este proceso fue conseguir que en el decreto de creación quedara  bien clara esta independencia política: en uno de los últimos párrafos se decía que si el presidente quería encargar algún trabajo al Centro tendría que ser de carácter científico. Y todo esto para que nunca pudiera haber la tentación de derivarlo a un instituto de encuestas públicas hechas al gusto del gobierno de turno. Me pareció ético hacerlo así, como también no presentarlo públicamente, porqué era la manera de no suscitar envidias ni críticas a las primeras de cambio. Era también una manera de vacunarse contra las presiones, tanto internas como externas.

2. ¿Qué tipo de institución era? Como director, ¿tenía grantizada la independencia del Govern de Pujol?  

 Fue una institución bastante singular. Antes de realizar el proyecto visité cuatro o cinco instituciones o centros parecidos, nacionales y extranjeros, todos dependientes de universidades o de alguna fundación. Que dependiera directamente de la Administración no encontré ninguno, y esto hizo que nuestro  proyecto fuera un caso inédito.

Muchos profesionales y estudiosos, que nos visitaban, españoles y extranjeros, no creían ni podían llegar a imaginarse como un organismo con categoría de dirección general y que dependía directamente de Presidencia, no hiciera política y que tuviera tanta independencia.

Otros profesores, tanto extranjeros como de Madrid y de otras autonomías que querían crear centros similares –como Valencia, Murcia, Andalucía y Galicia–, no sabían como lograr un organismo de estas características: con gente muy plural y que se mantuviera independiente. Mi respuesta era que esto se había conseguido gracias  a un entendimiento explícito y muy leal entre el presidente Pujol y yo como director del Centro; un entendimiento de autonomía funcional del Centro, que nunca saldría de su campo: la investigación científica.

El Centro, por tanto, era de carácter científico, y lo primero que hice fue establecer alianzas con la UNESCO y con otras organizaciones como el Instituto Europeo de la Comunicación, de Manchester, un instituto universitario de Montpelier y uno de Grenoble, entre otros, para afianzarlo. He dicho alianzas, y no vínculos ni relaciones. Que fueran alianzas que empujaran el Centro al exterior, con compromisos hacia fuera, y así, con el soporte de entidades y de personalidades independientes y plurales de todas partes, se evitase un replegamiento hacia dentro y se convirtiese en un instrumento gubernamental de política. Reconozco que fue una estrategia sibilina, pero fue muy útil. 

3. ¿Qué valoración hace de los diez años de existencia del Centro?

Pués, muy positiva y gratificante. Incluso para mi constituyó una  sorpresa. Como ya he dicho, hicimos muchas cosas. Fueron unos años  fecundos y tranquilos. Tranquilos, digo, en el sentido que los temores que tuve durante el primer medio año –que se intentase politizar el Centre– me fueron desapareciendo. Pudimos hacer cosas interesantes en el campo de la investigación y promoción dentro de la tarea fijada. Temía al princio que, a pesar de las conversaciones mantenidas  y el decreto de creación, Pujol no pudiera respetar el acuerdo. En este caso, yo estaba dispuesto a dimitir, pero no ocurrió lo temido. En estos casi diez años, Pujol se comportó muy noblemente conmigo. Es en este sentido que digo que fueron diez años tranquilos y fecundos gracias a un buen equipo que tuve la oportunidad de crear.

Pujol nunca me dijo ni me insinuó lo que teníamos que hacer, ni me comentó lo que habíamos hecho, ni insinuó lo que le gustaría que hiciéramos; ni por teléfono ni a través de terceros. Normalmente yo le daba cuenta de lo que hacíamos en el Centre cuando ya lo habíamos hecho. Esto se lo reconozco y le agradezco. Fueron, por tanto, unos años provechosos, de tranquilidad y de realidades, que han marcado huella. Y en su línea inmediatamente surgieron otros proyectos y realidades importantes, como el INCOM, en la Universidad Autonoma, y los premios y  ayudas a la investigación en comunicación del CAC.

4. ¿Qué actividades desempeñaba el CEDIC?

Promovía estudios e investigaba en el campo de la comunicación des de muy diferentes perspectivas: sociológica, económica, política, tecnológica... En este terreno,  fomentaba y coordinaba iniciativas en colaboración con universidades e instituciones, y con organizaciones profesionales y empresariales. Recogía y ofrecía información científica y documental existente en este campo de la comunicación básica... Establecía relaciones con otros centros de características parecidas de todo el mundo        a fin de  intercambiar experiencias y con la finalidad de traer a Catalunya los resultados  de la investigación comunicativa obtenidos en otros países, y de dar a conocer la realidad de la investigación catalana y a nuestros investigadores fuera de Catalunya, si bien algunos ya eran muy conocidos y con gran reputación.

 El Centre, por tanto, era un organismo científico de investigación en comunicación, prácticamente único en España, teniendo en cuenta las características singulares que tenía. Y todo esto, con una estructura y unos presupuestos mínimos, de los cuáles se sacó el máximo provecho. Creo que atinamos con la línea de actuación, aunque al principio yo era como un zahorí que buscaba agua con una varita y un péndulo.

Creamos premios a la investigación sobre comunicación y ayudas a jóvenes investigadores. Organizamos reuniones de intelectuales y de expertos de alto nivel, como las famosas Converses a la Pedrera; internacionales, como el Forum de la Comunicación, con la CNN y Le Monde; promovimos centenares de estudios y de investigaciones, en colaboración con las universidades de aquí y del extranjero y con organismos internacionales; organizamos congresos,  conferencias de  especialistas y personalidades de renombre internacional... Creamos  una base de datos única en España; publicamos libros en diferentes idiomas... Formamos parte de instituciones internacionales... Como director del CEDIC, yo fuí vicepresidente del IMCOM, con sedes en París y Marsella, y Manuel Parés y Maicas fue elegido presidente de AIERI. El CEDIC editó más de setenta publicaciones.

5. ¿Cuáles fueron sus principales colaboradores?

El CEDC fue esencialmente una obra colectiva. Los nombres de los colaboradores que ahora me vienen a la memoria y que más estrechamente trabajaron con el Centre fueron: Daniel E. Jones, Joan Maria Corbella,   Maria Corominas, Lluís Codina, Núria Puig,  Charo de Mateos... Quiero destacar de manera muy especial la importantísima colaboración de Miquel de Moragas, Manuel Parés y Maicas, Josep Guifreu, Bernat López, Marta Civil y muchos otros. Y debo destacar también la aportación de los miembros del jurado de los premios, muy prestigioso y plural: Salvador Giner, Llorenç Gomis,   Carles Sentís, Josepo Maria Casasús, Marc Carrillo, Daniel Giralt-Miracle, Joaquin Tormo y Victória Camps; como se vé, un mosaico diverso y de gran calidad.  

6. ¿Puede decirse que el Centro básicamente promocionaba la investigación?
Promocionaba y realizaba investigación; eran sus objetivos desde el primer dia y no se apartó de ellos. Los actos exteriores, los premios y las publicaciones formaban parte de esta tarea, recogida en buena parte en el llibre "El Centre d'Investigació de la Comunicació: Una institució catalana oberta al món", dirigido por Daniel E. Jones y prologado por Jordi Pujol.

7. ¿No añoraba sus artículos y columnas en la prensa?

Confieso que a veces he dudado sobre si hice bien aceptando el cargo, ya que mi imagen de periodista crítico y rompelanzas seguramente se resintió, de lo que ya me habían  advertido Carlos Sentís («Tu no puedes perder lo que has ganado con la punta de tu pluma», y Josep M. Baygual («Es una lástima que dejes de escribir, con esta pluma tan incisiva y valiente que tienes.») y otros, cosa que me hizo reflexionar. Pero es que yo  había llegado en un punto que necesitaba un cambio: volver en un ambiente más de estudio, más universitario, y dejar de tener la sensación que, si bien lo que escribía tenía bastante eco, en el fondo era como arar en el mar, y además se volvía en algo rutinario. Es una de las servidumbres  del periodismo.

También pienso, muchas veces, que quizás podría haber sido un destacado abogado, un notable médico internista con un cierto ojo clínico, un pasable arquitecto... Pero la vida no vuelve nunca para atrás, y solo tenemos una.     

8. ¿Cuáles cree que fueron las causas del cierre del Centre en 1997, económicas o políticas?

No me gusta hablar de esto....  En fin, se alegaron motivos económicos. Como el Centre estaba en un momento especialmente dulce, intenté encontrar una salida para la falta de presupuesto que oficialmente se argumentaba como motivo para ir frenando el Centro durante el último año de su existencia.

Dirigí mis esfuerzos a buscar colaboración externa, y hablé antes de ello con el secretario general de la Presidencia, Joaquim Triadú. El rector de la Universidad Autónoma me dijo que nos  ayudaría, que seguramente pondría a nuestra disposición un local. Otras universidades se mostraron dispuestas a colaborar con el CEDIC. El Centre Internacional de Prensa también estaba dispuesto a ayudarnos. La Caixa de Catalunya, con la cual ya existía una buena colaboración, se mostró abierta a hacer una aportación para que el CEDIC continuara. La idea era llegar a crear un consorcio en  el que estuvieran todas las universidades con estudios sobre Comunicación.    Todo esto lo fui  intentando concretar en diferentes conversaciones, según le había hablado al secretario general de la Presidencia. Pero, por lo que se ve, en el fondo, lo que él quería era cargarse el Centre y cargárseme a mi, que no me había doblegado ante sus intenciones de domesticar, controlar y ,en el fondo, politizar el Centre.     

Yo informaba por escrito al secretario general de la Presidencia, para tenerle al corriente de cada conversación que mantenía y pidiéndole autorización para llegar a algún acuerdo firme, pero no me respondió nunca. Más tarde escribí una carta al presidente Pujol poniéndole al día de todo, y, por primera vez, tampoco obtuve respuesta. Mal presagio..., algo raro ocurria...

Unos meses más tarde se organizó un seminario para altos cargos. Otras veces, estos seminarios tenían un carácter de orientación y formación en gestión, cosa que me parecía bien, aunquen unca fuí invitado. Como creí que, esta vez, este seminario tenía un carácter marcadamente político –el planteamiento y la temática lo eran, y también las personas que intervenían en él–, decidí no asistir, como tampoco, insisto, había asistido jamás a ningún acto político de ningún signo ni de ningún partido mientras fui director del CEDIC. Mi ausencia cayó muy mal en las más altas esferas, y seguramente les dio la excusa definitiva, aunque jamás confesada, para cerrar el Centre.

Con Triadú habíamos hablado del planteamiento que he explicado antes: Yo intentaría encontrar una solución al problema que el llamaba económico, cosa difícil  de creer teniendo en cuenta el pequeño presupuesto del Centre. Evidentemente, las intenciones del secretario general eran otras. El tema económico era, a todas luces, una excusa.

Después, con procedimientos no muy finos, me empujaron –por medio de un hombre gris y complicado, Juncosa, director general de no se qué– a jubilarme. Y me jubilé. Como es lógico, antes intenté hablar personalmente con Pujol, pero extrañamente no lo conseguí. Más tarde me envió una carta deseándome que guardara buen recuerdo de los años pasados en el cargo de la Generalitat. Sinceramente, me pareció una carta de mal gusto e impropia del presidente Pujol, que estaba al corriente de todo lo ocurrido y de lo que se había hecho por el Centre, y con quien hacía años tenía buenas relaciones. La consideré ofensivo.

9. ¿Por qué le jubilaron?

Acabo de explicar mi versión, que considero fué la real. Poco más le podría añadir, pero no quiero afear a personas. Como he dicho, no me gusta hablar de esto. Porque una cosa que fue muy bien y prestigiaba a la misma Generalitat, resulta que alguien se empeñó en que terminara mal. Los celos son cortos de vista...

10. ¿Cuál fue la reacción general ante el cierre del Centro?

Cuando se supo, por medio de la prensa, que yo dejaba el cargo, hubo un cierto nerviosismo en el gobierno de la Generalitat. Y se produjeron diferentes notas públicas de protesta, y pidiendo la continuidad del Centre, por parte de instituciones, universidades y personas de peso. Yo no  pretendía ningún escándalo, pero algo fue inevitable que se produjera.

Entonces se creó el Consell Audiovisual de Catalunya, y a su presidente, LLuís de Carreras, que también había sido colaborador del Centre, le pareció haber encontrado una fórmula mixta para salvar algunas cosa del CEDIC: acoger a la gente y parte del patrimonio documental y de estudios del Centre. D'esta manera, las universidades –con las cuáles yo pretendía crear un consorcio para un instituto de la comunicación– comprobarían que se estaba haciendo un cierto esfuerzo  para la continuidad del Centre, como habían pedido diferentes personalidades, cargos universitarios y instituciones, como, por ejemplo,  la Societat Catalana de la Comunicació, l’Institut d’Estudis Catalans, el Col·legi de Periodistes de Catalunya, etc. Y es que el Centre fue una obra colectiva que casi todos consideraban algo propio, y se constató que su espíritu tenía una vocación científica, abierta, plural y perdurable. En este aspecto, estoy plenamente satisfecho y agradecido.