Comentarios y Análisis de Política

lunes, 20 de mayo de 2013

El grave error de We


Es paradójico que la discusión sobre una ley de educación lleve a actitudes flagrantes de mala educación. Una norma que nace así lleva  en su seno el espíritu de contradicción. No es, por tanto, nada prometedora. Y como está aún en fase de proyecto, hay tiempo para corregir el error.

Que a raíz de esta polémica el eurodiputado popular Vidal Quadras califique a los dirigentes nacionalistas catalanes de “chusma” no es precisamente educativo ni tolerable. Como no lo es que el president Artur Mas, al referirse a los miembros del gobierno del Estado, les llame despectivamente de “esta gente” y utilice, como ya empieza a ser habitual en el, un lenguaje de guerra.

Se está resucitando, lamentablemente, aquella nefasta dialéctica falangista de “los puños y las pistolas”, con una dialéctica de mutuo desprecio, ofensa y de enfrentamiento belicista, que a nada bueno puede  conducir. Quienes en actitudes tan bajas e incluso verbalmente  violentas caen merecerían que la opinión ciudadana y el voto de los electores les marginaran de la política. Hacen un pésimo favor a la política y a la convivencia.

La gestión del ministro Wert, en el proceso de elaboración de la nueva ley, ha sido claramente provocativo. En un tema tan sumamente importante y sensible, no se puede tener una actitud impositiva y desafiante. Son muchos los factores, puntos de vista e intereses a tener en cuenta. No hacerlo, o al menos intentarlo seriamente, provoca contestación y rechazo. Que es lo que está ocurriendo.

Tampoco puede tratarse con la frialdad y asepsia de un ensayo de laboratorio. La educación escolar no es un asunto de probeta. Ni siquiera de frió análisis sociológico, materia de la que el ministro Wert es especialista. Es algo mucho más complejo, humanístico  y vital. Incluso en aquellos aspectos en que Wert pueda tener razón, que los hay, la manera de explicarlos no es la que ha utilizado. Le ha puesto más pasión y desafío que razonamiento. Y no digamos cuando se trata de materias de lenguas y de religión, que resultan explosivas.

Este, pienso, ha sido el grave error del ministro Wert: no tener en cuenta las distintas concepciones ideológicas, pedagógicas, y arraigos tradicionales y de territorio en materia educativa. Cuando la señora Cospedal dijo –inoportunamente, en este caso- que la educación ha de servir para que hacer que los jóvenes “amen a su patria”, no tuvo en cuenta que dentro del Estado español para muchos hay varias patrias, cuya convivencia dentro del mismo son compatibles. Es un error pretender “españolizarlo” o “castellanizarlo” todo. Oficialmente se está demasiado lejos de la “España plural” -invocada por el Rey- o de “la nación de naciones”-como propugnaba Maragall-, que permitirían una mejor convivencia y más fructífera.

Esta concepción -encajable en el marco consttucional y que sería una culminación federalizante del Estado autonómico- está siendo bombardeada ferozmente -y con miopía- desde el centralismo españolista y desde los nacionalismos rompedores. En  esta línea están tanto destacados personajes del PP como del PSOE, por citar los dos grandes partidos, como los señores Vidal Quadras (prisionero de algún rencor) y Artur Mas (rehén voluntario de Junqueras). Hablar de “esta chusma” y de “esta gente”, como de “estamos en guerra” y “moral de victoria” es aberrante e impropio de políticos, que se descalifican a si mismos.

Entrar en esta dinámica del enfrentamiento, en lugar de agotar las vías del diálogo y ser sensible a las distintas propuestas razonables, ha sido el error de Wert. No se trata de renunciar al programa de un partido legitimado para gobernar, porque ha obtenido en las urnas una amplia mayoría absoluta en el ámbito estatal, sino de saber escuchar y atender, en lo posible, los argumentos razonables de otros representantes de la ciudadanía, especialmente si han logrado el respaldo mayoritario en sus territorios. La unidad esencial o troncal del Estado no se rompe incorporando las legítimas diversidades; se rompe cuando no se las tiene en cuenta, se las margina o se las intenta borrar como a un garabato en un cuaderno escolar.

Hay tiempo para la enmienda, en el trámite parlamentario, señor Wert. Sean razonables y no hagan, de esta ley, munición para el desafío bélico, señores Rajoy y Mas. Gobiernen con realismo y no sean insensatos.






lunes, 13 de mayo de 2013

Esquivo Rajoy y chulería de Mas


 
Elocuentes  las fotos de la coincidencia de Artur Mas y Mariano Rajoy  en la inauguración del Salón Internacional del Automóvil, en Barcelona. Los gestos con frecuencia delatan  el estado de ánimo. También un gesto, a veces, vale más que mil palabras.

Así ocurrió en este caso. Se guardaron las formas -¡faltaría más!-, pero la actitud nerviosa y arrogante del president Mas contrastó visiblemente con la del presidente Rajoy, aparentemente más natural y cercana, incluso algo  tímida. Siento constatarlo, porque legalmente ambos son mis presidentes y siento más próximo el catalán que el estatal, aunque sea -y no solo- por razones de la distancia.

A los dos quiero considerar inteligentes y preparados, aunque las dificilísimas circunstancias en que les toca gobernar -y que les desbordan- invitan a pensar otra cosa.  En todo caso, ninguno de los dos me satisface, si bien esta apreciación personal no tiene ninguna importancia. Los dos son  demasiado conservadores y nacionalistas, cada uno, ¡claro!, desde su posición y óptica respectivas.

Y en cuanto al talante, Rajoy es excesivamente esquivo respecto de la opinión pública y los medios de comunicación,  Y Mas peca de actitudes un tanto chulescas precisamente ante los medios y la opinión pública. Cada uno utiliza sus armas.

Seguramente, el enorme peso de las responsabilidades del presidente del Gobierno le hacen más reservado y parco en palabras de lo que muchos desearíamos y quizás sería conveniente para fortalecer su liderato. Y no hay duda de que al president de la Generalitat, de brillante oratoria, su permanente presencia ante la opinión pública y en los medios de comunicación que controla, le es imprescindible para el apostolado independentista, que ha convertido en la cruzada de su vida y que se empeña en que sea el de toda la sociedad catalana, por difícil que esto sea, dada la pluralidad demografía e ideológica de Catalunya, y también si hay que hacer caso de las encuestas.

La mal disimulada timidez y la actitud esquiva de Rajoy, en la forma de gobernar, que no coinciden con su campechanería y cercanía en el trato personal (recuérdese, incluso, su éxito en el programa televisivo “Tengo una pregunta para usted”), tal vez sea eficaz a la hora de tomar algunas decisiones duras, pero sin duda debilitan su imagen del líder político fuerte e incuestionable que el país necesita en estos momentos.

La actitud altiva y desafiante, de Artur Mas, explicable desde su objetivo muy difícil o de “misión imposible”(al menos por ahora), le presenta como un líder decidido y convencido, capaz de arrastrar masas, pese a sostenerse en suelo movedizo y con fuertes vientos en contra. Es una actitud más voluntarista que realista. Como la de aquel predicador que me confesaba que si gritaba tanto desde el púlpito era para convencerse a sí mismo. Y tiene razón el periodista Jordi Barbeta cuando dice que al gobierno de Mas antes le interesa gastar en la gubernamental TV3 (para la causa soberanista), que en otras cosas; y esto explica el sentido de ciertos recortes en los presupuestos. Ante todo la propaganda.

Las fotos de Rajoy y Mas en el Salón del Automóvil, de Barcelona,  evidenciaron una vez más estas dos actitudes, reveladoras de distintos estados de ánimo y de estrategias enfrentadas. A Rajoy se le veía esforzarse en mirarle a la cara a Mas y este le esquivaba la mirada. Mariano,.hipócrita o diplomáticamente, intentaba desenvolverse como si nada pasara, pese al choque por la Declaración soberanista del Parlament y su suspensión por el Constitucional, mientras Artur ensayaba aires de superioridad, marcando mentón y con miradas por encima de todos, rayando a lo chulesco.

Lo siento, señores presidentes, pero si no logran siquiera mirarse a la cara, ¿cómo van a dialogar, más allá de hablar de déficit y dinero, mientras por detrás uno quiere marcharse rompiendo la convivencia y años de historia, y el otro, simulando una rara y esquiva sonrisa, le cierra todas las puertas?



lunes, 8 de abril de 2013

No és l'hora de fugir, Catalunya

 
La temptació és forta. Fugim, encara que sigui per la ratera. No ens enfonsem en el mateix vaixell, que dóna massa senyals de naufragi. No hi ha temps a perdre. Que s'arreglin ells, des de la Corona i altres institucions, fins als partits polítics.

Les cròniques de la situació ens pinten núvols alarmants. A tots els nivells i latituds. Ens aguaita la tempesta. Llavors, a què esperar per sortir corrent? Aquest discurs -entre emotiu i racional- s'està instal·lant (ben orquestrat) a la societat catalana.

Emocionalment, aquest discurs, empalma amb la històrica reivindicació identitària, enfocada distintament pel catalanisme i pel nacionalisme. Aquell tenia un esperit de cooperació regeneracionista, el segon s'inspira, sobretot, en l'autoafirmació. Dues actituds legítimes fortament sustentades ambdues en la diferència (amb "l'espanyol") i en la incomprensió.

Racionalment, el discurs és més complex. En temps regirats -encara que ofereixin una oportunitat temptadora- la fugida no és una solució si no se sap ben bé cap a on es va i si no hi ha garanties raonables d'arribar. Fins i tot el simple anunci -més altiu que pràctic- de la fugida ha complicat les coses.

Divideix a la societat catalana -plural i diversa- que no és unànime en l'actitud de fugida. Fa molt difícil que algú estigui disposat a acomiadar-nos amb desitjos de bona sort, i tant o més que altres ens donin una eufòrica benvinguda. És un viatge al desconegut.

Es va dir i repetir emfàticament -enmig de la trompeteria de l'anunci "arturmasià" - que, per fi, s'havia creat una gran il·lusió col·lectiva enmig del desànim general per una crisi econòmica paorosa i sense llum al final del túnel. No estava mal vist, com màrqueting, i alguna cosa hi ha de veritat. Aquesta il·lusió, però, sembla que està amainant en contacte amb la dura realitat. No és un desig, és una simple constatació no científicament verificada.

Hi ha una lògica més simple. Fugir per fugir no té molt sentit, si no és el "que se salvi qui pugui", ni realista ni digne.

No sembla realista desentendre's de la cooperació mútua en moments en què l'edifici estatal -fins ara comú- amenaça amb ensorrar-se i que el més probable és que se'ns vingui a sobre, principalment si amb la fugida accelerem la seva caiguda. És més raonable intentar renovar-lo o reconstruir-lo, fent-nos un espai just i confortable en el mateix. Ara sembla el moment oportú.

Tampoc sembla el més digne, en temps de greu tempesta, intentar abandonar l'altre -per molt ressentiment que s'hagi acumulat-, oblidant llarga història de convivència, múltiples vincles de sang, benèfica col·laboració en molts moments, i sobre tot renunciant al nostre tarannà pactista i l'esperit creador, innovador i modernitzador que ens ha caracteritzat en tots els camps: des de l'econòmic, social, cultural, jurídic i artístic, que tant pot aportar en un altre intent de convivència renovada sobre bases democràtiques més profundes.

Renunciar al nostre realisme, pactisme i a la nostra dignitat -ànimes del catalanisme- seria també una renúncia a la pròpia identitat. Més que el moment de fugir, segurament és el d'involucrar-nos novament a la inevitable regeneració de la cosa pública estatal, en una segona transició, com ja vam fer en la primera, restauradora de la democràcia i forjadora d'un llarg període de pau i prosperitat.

No l'enfonsem més, acabem de construir -fent-hi el nostre espai-, amb nous aires de modernitat i real pluralisme, la nostra democràcia encara inacabada.

viernes, 29 de marzo de 2013

Credibilidad periodística y lectores

 
Se olvida lo que es obvio. No es misión de los medios hacer política partidista. Ni de los partidos gubernamentales ni de la oposición. Cuando caen en este error, se convierten en simples boletines partidarios. Dejan de ser medios periodísticos de comunicación para ser intrumentos  de propaganda.

Ya no sirven al interés general, sino al de la fuerza política afín, y principalmente de sus dirigentes. Ni siquiera se preocupan de evitar su censura, ya que incluso se someten voluntariamente a su servicio. Bien por convicción de sus directivos -empresariales o periodísticos- , bien a cambio de soporte financiero.

Si es por convicción, estamos ante un caso de sectarismo, Si es por dinero, se trata de una venta deshonesta de la mente. Ninguno de los dos casos responde a los principios de objetividad e independencia de la profesión periodística.

No es una novedad histórica, pero parecía que íbamos hacia la superación de estas servidumbres con la profesionalización del periodismo, integrado en los estudios universitarios y en colegios profesionales. Incluso con brillantes códigos de ética solemnemente proclamados, a los que casi nadie hace caso.

Al contrario, asistimos a ciertas prácticas de algunos medios que actúan como “brazos armados” o “brazos mediáticos” de partidos políticos. No solo son portavoces de sus ideologías, sino incluso de sus consignas, aquello que tanto repudiamos del franquismo. Más aún, hay medios que colaboran en el juego táctico de las luchas partidistas, como simples instrumentos innobles de sus obscuros regateos y enfrentamientos de poder o intereses. Asqueroso.

En estos casos, ¿dónde está su dignidad? ¿Qué credibilidad pueden tener ante la opinión ciudadana? La respuesta está, lamentablemente, en encuestas recientes que casi equiparan la credibilidad de los medios a la de los políticos. Que mal servicio a la sociedad y a la democracia. Hay que reaccionar, compañeros!

Y hay que reaccionar, ¡también!, amigos lectores. No todos los medios son iguales, por fortuna. Conviene saber distinguir. Porque hay, principalmente, dos grupos bien definidos de lectores.

Hay lectores, o telespectadores o radioyentes, que a la hora de escoger un medio sólo buscan aquel que les confirme y halague en sus ideas, creencias o sentimientos. Con ello no enriquecen sus conocimientos ni sus opiniones, solamente se sienten complacidos. Esto es empobrecedor y no se inmunizan de las posibles manipulaciones de su medio preferido.

Otros lectores, por contra, buscan contrastar sus informaciones y opiniones con diversos medios de comunicación, distintos y a veces contrarios a las propias convicciones. Esto es abrir la mente, esto es enriquecedor. Hacen caso al filósofo Balmes cuando alertaba a los lectores de “un solo libro”. Y, además, saben hacer una lectura crítica de los medios escogidos.

Mientras los lectores del primer grupo contribuyen a ha creación de una sociedad cerrada y monolítica, propensa al dogmatismo, a la intolerancia y las corruptelas, los del segundo grupo ayudan a la formación de una sociedad abierta, dialogante y saneada, y, al mismo tiempo, a que el sistema comunicativo sea más plural, representativo de la sociedad y transparente de la verdad de las cosas.

A la denuncia del servilismo político y del sectarismo de ciertos medios, hay que añadir esta otra denuncia del comportamiento ciego -la “fe del carbonero”-  de algunos lectores, radioyentes o televidentes, que no ayuda al saneamiento social y del sistema comunicativo, pieza fundamental de la democracia. Todos compartimos responsabilidad.
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jueves, 14 de marzo de 2013

Globus punxats


La nostra historia recent, amb la transició liderada pel rei Juan Carlos i Adolfo Suárez, amb la complicitat de molts altres, i una bona col·laboració de Jordi Pujol des de Catalunya, va començar bé.
I va continuar anant bé, amb alts i baixos i moltes clarors i ombres, amb Felipe González i José M. Aznar. Després es va  entrar en un període de decadència i desconcert amb incompetent José Luís Rodríguez Zapatero i un desbordat  Mariano Rajoy en el govern de l’Estat, i a un altre nivell, un somiador Pasqual Maragall, un gris José Montilla i un desconcertant Artur Mas en la Generalitat catalana. I per a acabar-ho d’adobar, la figura del monarca, per raons diverses, comença a no estar a l’altura de les circumstàncies, a desinflar-se.
Sempre que comença una nova etapa, les il·lusions creixen. Hi ha ganes de deixar enrere l’anterior, deteriorada, i iniciar un nou rumb amb aires renovats. És la  necessitat de tornar-se a il·lusionar. És el que dóna força als pobles.
També s’espera molt, potser massa, de les noves promeses de renovació, de creixement econòmic i social, de recuperació política. L’esperança –diuen és l’última cosa que es perd; o  -millor dit- que es vol perdre. Ens hi aferrem com a un clau roent. 
Els nous personatges públics que van sorgint per a liderar cada nou temps, desperten curiositat i se’ls dóna un ampli marge de confiança, generalment confirmada abans en les urnes. Es necessiten timoners que orientin el rumb cap al destí de la nau col·lectiva.
Gairebé tot això ha fallat, últimament. Moltes il·lusions s’han esfumat; molts programes han fracassat o han hagut de ser canviats; alguns, i no pocs, dels personatges que ens havien venut bé llur imatge –fins i tot decorada amb una aurèola de figura d’altar– han decebut.
Els mars nacionals i internacionals han estat procel·losos, certament; les travessies, plenes de dificultats rocoses i d’horitzons borrosos; i les capacitats de lideratge, aquí i a fora, massa limitades. Aquest és el panorama, que cal desitjar que canviï bren aviat.
I aquesta és la sensació, molt generalitzada, que en té el ciutadà: la de trobar-se davant un quadre surrealista i depriment, de massa globus punxats, de líders dèbils, desorientats o venedors de fum –a vegades per a amagar impotència o vergonya pròpies o alienes–, tant a nivell nacional com autonòmic. Fins i tot en les màximes altures institucionals. I així s’estén el pànic.
En una nova antologia de breus reflexions al peu de la notícia, amb la vibració dels esdeveniments frenétics viscuts en els tres últims anys, intento recollir-hi les vivències més destacades. 
L’il·lustre periodista Lluís Foix, gran professional i creador de la millor opinió pública des dels mitjans de comunicació més prestigiosos, ha tingut l’amabilitat de prologar aquesta recopilació de textos sobre fets i d’idees que indueixen més a la reflexió que a l’optimisme. Tal com a ell li agrada dir, cal sobreposar-se al desànim.
Què s’hi pot fer? La societat, com a ésser viu, es renova constantment. I n’hauran de sortir noves energies, il·lusions engrescadores, líders sense llastos de passats tèrbols o dubtosos i amb idees i forces capaces de tornar a encendre  esperances a prop i llums a la llunyania.
Tot això, que sona a poesia, haurà de baixar, de nou, a la consciència ciutadana i marcar el batec quotidià de les coses de la vida real. La història humana no es para mai... I ser optimista encara no és prohibit. 

viernes, 1 de marzo de 2013

El pluralismo en Catalunya

Lo anormal sería que la sociedad catalana no fuera plural. Que fuera monolítica, como preferirían ciertos extremismos, de uno y otro signo. Pues no, resulta que es una sociedad normal, con algunas características muy acentuadas.

Por su historia peculiar y su rica composición social, no puede ser otra cosa que plural en todos los aspectos: lingüístico, cultural, demográfico, racial, religioso, ideológico, etc. Y esto se refleja, lógicamente, en su pluralismo político.

Este pluralismo político que resuelve -o debería resolver, siempre- sus tensiones en el campo de las reglas democráticas. Con juego limpio, sin trampas, sin animo de imposición de unos sobre otros. No siempre ocurre de forma tan nítida. En la política hay intereses y pasión que, con frecuencia, obnubilan la mente; entonces empieza la incomprensión mutua.

El tema identitario, sobretodo cuando se alía, o sirve de tapadera, a intereses económicos, tensiona el debate político hasta extremos que dificultan la convivencia, poniéndose, a veces, en fuera de juego de la normativa democrática vigente, hurgando e incluso ‘inventándose’ otros terrenos democráticos..La inventiva es libre, pero la convivencia requiere normas.

En el campo de juego democrático deben caber todas las tendencias políticas para competir en buena lid. Por ejemplo, todas las derivadas de la distinta conjunción de posiciones identitarias y sociales diversas. Todas las que en el escenario actual pugnan por conservar o por ganar cuotas de poder.

El panorama es amplio y complejo. En los extremos están las formaciones políticas que consideran Catalunya como una parte de la España unitaria (PPC), y las que defienden que constituye una ‘identidad nacional’ a parte, totalmente distinta.(ERC). Dentro de estas últimas, hay las que circunscriben esta ‘identidad nacional’ al antiguo Principado, y, contrariamente, las que (como CUP) la extienden a todos los ‘Païssos Catalans’ (la histórica Corona de Aragón); posición ésta  bastante marginada o en declive. Entre estos extremos, con sus peculiaridades, están las demás tendencias.

Tres importantes movimientos recientes han trastocado el panorama clásico de ‘catalanistas’ y ‘españolistas’, en sus distintos grados: el nacionalismo moderado y colaborador con el Estado (CiU de Jordi Pujol); el ‘españolismo matizado’ defensor de la singularidad catalana dentro de España (PSC-PSOE), y el ‘autonomismo constitucionalista’ (PPC, de Sánchez-Camacho).

Pero los tres movimientos que han cambiado la escena han sido, principalmente: la radicalización repentina de Artur Mas (CDC), apostando por el ‘soberanismo’ rupturista con España; la aparición con fuerza de Ciutadans (Albert Ribera) optando por el respeto escrupuloso del marco constitucional desde una izquierda catalana ilustrada, y la irrupción de Pere Navarro (PSC) liderando un socialismo catalán federal y contrario a la independencia pero a favor de que una nueva relación Catalunya-España surja del ejercicio, legal y pactado, del ‘derecho a decidir’ reconocido al pueblo catalán, en virtud de un invocado “principio democrático”, que ampara personas y pueblos.

Convendrían nuevas matizaciones para una mayor clarificación. Pero lo que más llama la atención ahora, es el paso dado por el PSC de Pere Navarro (distanciándose claramente del PSOE), pero manteniendo una fundamental diferencia con CiU de Artur Mas, a cuya órbita, sin embargo, parece acercarse.

Artur Mas (CiU) pactando -para mantener la presidencia de la Generalitat- con Oriol Junqueras (ERC), no solo se ha propuesto liderar el proceso independentista, sino que ha conseguido que el Parlament proclamase la “soberanía del pueblo catalán”, definiendo a Catalunya como un "sujeto político y jurídico soberano". Es decir, primero proclama unilateralmente la “soberanía” para que después, en referéndum o consulta, se consagre un “estado independiente”, sea de forma legal o al margen de la ley. Como era de esperar, el gobierno del Estado ya ha anunciado que recurrirá este acuerdo ante el Constitucional. Con lo cual, por ahora, el freno está echado.

¿Qué hace Pere Navarro (PSC)?. Primero se declara contrario a la independencia y afirma, además, que un eventual referéndum ha de ser “legal y pactado” con el Gobierno, y que en este caso su partido votaría en contra. Sin embargo, de entrada proclama que el pueblo catalán, por un principio democrático, tiene ya “el derecho a decidir” sobre su futuro, pudiendo decir “sí” o “no” a la independencia. Pero la cuestión de fondo es esta:: atribuirse el “derecho a decidir” sobre el futuro ¿no supone ya una implícita declaración de “soberania”, aunque luego en un referéndum se vote “no” a la independencia?.

La diferencia con la “Declaración” del Parlament, propiciada per. Mas y Junqueras, está en que esta presupone que -proclamada ya la soberanía- habrá que votarse a favor de la secesión, mientras que la propuesta de Navarro se sitúa, aparentemente, en una una posición más neutra, pero sobre todo se diferencia en que la consulta habrá de hacerse por la vía del diálogo y de forma “legal y pactada”. Casi nada.

Catalunya es y seguirá siendo plural y diversa, quizás más que cualquier sociedad normal. Y con una personalidad muy acusada. Pero, en el contexto actual, esta misma diversidad y pluralidad pueden ser un obstáculo infranqueable a su proclamado sueño, más o menos amplio, de soberanía.































viernes, 22 de febrero de 2013

No es ningún disparate

Puede sorprender, pero no es ningún disparate. Que un político destacado pida la abdicación del rey no constituye una blasfemia. Es la expresión de una opinión legítima.

Si lo hace respetuosa y razonadamente, puede ser una interesante contribución al debate público. Es lo que ha hecho el líder de los socialistas catalanes, Pere Navarro, que suele decir las cosas con serenidad y de forma argumentada.

Además, es una idea que está en la opinión pública por diversos motivos. Y quienes se han apresurado a escandalizarse públicamente por esto, en privado seguramente piensan otra cosa. No es bueno continuar ejercitando la hipocresía.

Al fin y al cabo, la posibilidad de una abdicación del titular de la Corona está prevista en el marco constitucional. Como lo está la asunción de funciones por parte del príncipe. Entonces, la cuestión es de motivaciones y de oportunidad.

En cambio, lo que no está legalmente contemplado es la secesión de una parte del país de su conjunto, y de ello se habla a diario y se propugna por algunos como la mejor solución para resolver el llamado problema catalán.

Pere Navarro, que, frente a la dinámica “soberanista”, ya sorprendió con su propuesta “federalista” -ya recogida oficialmente por el PSOE-, ahora lanza “pública y formalmente” la petición de una “necesaria” abdicación del rey. En ambos casos no se sale del marco legal, como sí lo hace Artur Mas.

Podrá discutirse la oportunidad y la forma de hacerlo, pero está en su derecho de líder político e incluso puede que sea su obligación hacerlo.
Precisamente desde su “republicanismo” sale en apoyo de la monarquía, pidiendo su actualización: en la figura del titular con la sustitución por el llamado legalmente a sucederle cuando se dé el caso, y regulando mejor y con más transparencia la institución de la Corona.

Y lo hace Navarro desde el explícito reconocimiento de la gran aportación
de Juan Carlos I ("un buen Rey") a la restauración de la democracia y al servicio del país. Nada, pues, a objetar, en el fondo.

El momento incluso puede que sea el adecuado, dada la necesidad de abrir un proceso de regeneración política e institucional, empezando por la misma Jefatura del Estado, teniendo en cuenta la edad y el delicado estado de salud del Rey y la incidencia de cuestiones de diversa índole que le desgastan y pueden afectarle seriamente.
Esta actualización o “modernización” deberá hacerse “con serenidad y plena responsabilidad". Y añade Pere Navarro: "Creo sinceramente que el papel del Príncipe Felipe tiene que ser, o si me permiten, puede ser relevante para arbitrar los profundos cambios que requiere nuestro país. Esta segunda transición tiene que construirse sobre nuevas bases institucionales modernas y que concuerden con nuestros tiempos".
Al inmovilismo de los grandes partidos -PP y PSOE- y a la arriesgada aventura secesionista del CiU i ERC, el líder del PSC propugna una profunda reforma, incluyendo a la institución más alta. Las reacciones en contra han sido muchas, sobretodo de los partidos estatales, enfrascados en problemas seguramente más acuciantes.
Y a los partidos nacionalistas catalanes no les puede caer muy bien ya que desvía la atención de la soberanía “sea como sea”, hacia una vía legal, muy atrevida, profundamente reformadora, pero no rupturista. Si Junqueras (ERC) se está comiendo el terreno de Artur Mas (CiU), con este órdago Pere Navarro (PSC) intenta ganar terreno y protagonismo a los dos.
Es de esperar y desear que vaya más allá de una intención política doméstica y estratégica, para llegar a proyectarse en un plan viable de regeneración de ámbito estatal.