Comentarios y Análisis de Política

jueves, 24 de enero de 2013

Soberanía de Catalunya

 La declaración de soberanía de Catalunya es muy clara. No juguemos con las palabras. Fue proclamada solemnemente en su Parlament por una amplia (¿insuficiente?) mayoría de votos. Esto son los hechos, lo demás es literatura, política o jurídica,

Lo que se sometió a votación, era esencialmente esto: la soberanía  Es decir, el carácter de “sujeto político y jurídico soberano del pueblo catalán”. Lo del “derecho a decidir” era el anzuelo para pescar adhesiones. ¿A quien no le gusta que se le reconozca su “derecho a decidir” cualquier cosa en la vida ordinaria? Pues en mayor medida, si cabe, en la vida pública. Este anzuelo de los promotores –CiU y ERC- funcionó a medias en el parlamento catalán, pero tiene mucho gancho en la opinión pública, sobretodo si se mezclan sentimientos identitarios e intereses económicos; más, en tiempos de grave crisis.

Por esto, antes de la reunión, en la sesión parlamentaria y después de esta, se ha insistido, y se insiste, sobretodo en “el derecho a decidir”, y no tanto en la proclamación de la soberanía, que comporta en sí misma la declaración anticipada de la independencia. En cambio, “el derecho a decidir” es más amplio, más democrático, pues permite diversas decisiones posteriores; no prejuzga nada en concreto. De aquí el forcejeo, los juegos malabares y los cambios en la redacción -poco afortunada- del texto a votar.

En este anzuelo no quiso picar el Partido Socialista de Catalunya, PSC, pese a importantes discrepancias internas del partido, como se manifestó con las cinco clamorosas abstenciones, tan aprovechadas por sus adversarios. Por encima de la hábil argumentación empleada, por el president Mas y las más rotundas expresiones de su socio republicano, Junqueras, estaba muy claro en el texto lo que se votaba: “la Declaración de soberanía  y el derecho a decidir del pueblo de Cataluña”. Aunque, en realidad, “el derecho a decidir” -en el que estratégicamente se pone el acento- ya va implícito en la “declaración de soberanía”. Un pueblo soberano tiene, lógicamente, el derecho a decidir lo que quiera.

El PSC, de Pere Navarro, está a favor del “derecho a decidir” porque esto permite decidir entre distintas opciones. Y ya ha anunciado repetidamente que, en su caso, se pronunciaría por el “no” a la independencia. No es una formación política independentista, pero sí catalanista, a diferencia del Ciutadans y el PPC, que son catalanes autonomistas. Pretender alinearlos, como maliciosamente se hace, no es correcto; es una forma de presionarlo.

Esta “Declaración de soberanía” podrá no tener efectos jurídicos, como ha declarado, por parte del Gobierno, el ministro Margallo. Por ahora, al menos. Pero es evidente que tendrá efectos políticos claros. Los “efectos jurídicos” podrán venir después, a largo plazo. Busca su fundamento en el llamado “principio democrático” de los pueblos y naciones a pronunciarse y escoger, si pueden, su posición própia en el mapa político general. Y sus consiguen el suficiente reconocimiento político internacional, sus pronunciamientos pueden llegar a tener “efectos jurídicos”.

Esta es la vía, arriesgada, que ha elegido, en su “proceso”, el soberanismo catalán. Choca frontalmente, es cierto, con las vías “constitucionalistas”, o de respeto del marco legal vigente en el Estado democrático surgido de una Transición pactada (también con los nacionalistas) y plasmada en una Constitución refrendada muy masivamente (un 80 por ciento en Catalunya)
por el pueblo. Una Constitución nacida, es cierto, en unas determinadas circunstancias muy condicionantes y superada por los cambios en una sociedad que ya no es igual a la que la alumbró. Aquí está el “qüid” de la cuestión.

Se busca definitivamente -sin precipitaciones peligrosas- una reforma o adecuación del texto constitucional a las nuevas circunstancias, en aquellas demandas verdaderamente relevantes y justificadas, o por el contrario petrificamos el “marco legal” vigente y vemos como estas demandas empiezan a abrirse vías al margen de la legalidad, intentando -con más o menos razón- encontrar un -a su juicio- mejor acomodo. Es la disyuntiva que se plantea.

Estas son las dos vías o caminos para una pacífica convivencia. Otra vez, ante el dilema: reforma o ruptura. Como se hizo, con generosidad y altura de miras, en la Transición política, también ahora, en el diálogo sincero y honesto y en una visión de interés general y no partidaria, habría que encontrase la solución de compromiso.

viernes, 18 de enero de 2013

El globo pinchado


 Artur Mas ha pinchado su propio globo. El globo muy hinchado que imaginó y creó a partir de una inexacta valoración de la realidad. El globo de ilusión, e ilusionante para muchísimos catalanes, de tener una nación-estado soberana e independiente casi a la vuelta de la esquina. Grave error para un gobernante colgarse de los hilos de un globo.

Hizo un gobierno de “los mejores”... para durar menos de dos años. Pergeñó  una “Pacto Fiscal” para -dijo- negociarlo con el Gobierno central, sin querer darse cuenta de que política y jurídicamente  su texto era inviable, y encima lo presentó como un ultimátum y sin entrar en otra negociación posible.

En un calculado arrebato de victimismo ante aquel “portazo inadmisible” de Madrid, viendo pasar por la calle el éxito de una gran manifestación popular (que él había alentado y apoyado) con un clamoroso acento nacionalista, Mas se subió de un salto a la carroza de mando, proclamando a los cuatro vientos el gran sueño independentista. Así, él -y no otros- seria el Moisés que llevaría el pueblo a la deseada orilla salvadora. Con esta fe de iluminado por algún dios, convocó a las masas a una elecciones “trascendentales”, ”históricas”...y se la pegó: nada de “una mayoría excepcional”, sino que incluso perdió doce diputados.

Como los “héroes” no se rinden, se agarró a un clavo ardiendo para seguir adelante con su ilusión. Entregó su suerte al antiguo partido adversario, ERC, ahora liderado por el rotundo y simplista Junqueras, ampliamente votado por los separatistas, que le impuso incluso la  fecha para la entrada triunfal en el cielo del Estado propio y soberano. Todo esto –se dice- creó una “gran ilusión en el pueblo catalán”. En tiempos de tan grave crisis, las ilusiones ayudan, aunque de ellas no se vive. Es decir, que por lo menos todo el mundo estaba entusiasmado en este misterioso viaje a Ítaca.

Parece que casi nadie –mientras medios,  políticos y otros se dedicaban al incienso al redentor- había pensado en las enormes dificultades de la travesía. Se querían borrar, de un plumazo, quinientos o trescientos años de historia e intereses entrelazados de Catalunya y Espanya. Toda una proeza, en la que muchos han soñado y seguirán soñando siempre. Este deseo es mucho más que un globo, es una histórica y fundamentada reivindicación. El globo de Artur Mas ha sido presentado como factible y cercano, y que es un deseo prioritario y de la gran mayoría de ciudadanos de la Catalunya del siglo XXI.

Y resulta -¡quién lo diaria!- que el Estado también tenía algo que decir en esta batallita, y que no se cruzaría de brazos. Y resulta que dentro del país, entre los partidos, no solo no hay coincidencias, sino graves discrepancias. Y que también la ciudadanía está dividida. La patronal de los empresarios catalanes, por ejemplo, le acaba de decir al president Mas que negocie unas buenas condiciones de financiación con el Estado y se deje de sueños, por muy legítimos que sean, sobretodo en este momento de crisis económica profunda. Y a estas voces seguirán otras, sin duda. Así, Mas se va quedando solo, con su “amb il.lusió!” (¡con ilusión!), y estrechamente marcado por Junqueras.

De aquí que haya tenido que rebajar mucho el documento de Declaración de soberanía presentado al Parlament para que lo haga suyo. La firme posición del PSC, liderado por Pere Navarro, uno de los políticos catalanes mas sensatos, ha contribuido mucho a esta moderación del texto de Mas y Junqueras. Pero las reticencias del PSC son aún muy fuertes. Mientras, Ciutadans y el PPC están radicalmente en contra por considerar que el tema de la Declaración que se pretende está fuera de las competencias de la Generalitat, lo cual seria motivo de recurso al Constitucional.

Así las cosas, ahora Mas acaba de reconocer públicamente que en lugar de un referéndum “vinculante”, quizás haya que contentarse con una simple consulta “sin valor jurídico”.Una encuesta con urnas.”No nos engañemos -dice Mas- no es lo mismo hacer un referéndum autorizado por el Estado y con vinculación jurídica sobre la decisión, que hacer una consulta organizada por las instituciones catalanas, en la que el pueblo expresará su opinión, pero sin vinculación jurídica”. Por esto, en una clara reculada, “insta al Estado español a ofrecer ‘alternativas atractivas’ a Catalunya en lugar de limitarse a rechazar el proceso soberanista”. “Que como Estado español -remacha- hagan un ofrecimiento a Catalunya”. El globo de Mas ha pinchado antes de empezar a elevarse...

Y Rajoy, que calla pero tiene muchas bocas, ya ha hablado por la del ministro García-Margallo. “Hay que hacer algo -ha dicho- para solucionar el “conflicto” con Catalunya”, apuntando tres objetivos prioritarios: un gran esfuerzo en infraestructuras, prestar mucha atención a la lengua y la cultura catalanas, y encontrar un encaje a las aspiraciones de Catalunya en la financiación autonómica que este año toca revisar.

Empieza a cambiar el lenguaje, por ambas partes, y también el contenido de los mensajes. El globo de Mas legítimamente seguirá empujando hacia arriba, elevándose  y también dando tumbos, pero ya es un globo pinchado.














sábado, 12 de enero de 2013

Trampa al Rey


Ahora, parece que se trata de ponerle una trampa al Rey. Como se hizo con Rajoy, y en la que este torpemente cayó. Veremos que pasa en el caso del Rey.

De Artur Mas se podrán decir muchas cosas, pero no se le pueden negar altas dosis de habilidad y coraje, adobado con cierto cinismo. Ahora  mismo tiene en vilo a toda Espamya con su desafío independentista, siendo él, como es constitucionalmente, el representante ordinario del Estado en Catalunya. ¡Quién lo diría!.

Con su socio republicano, el claro y contundente Oriol Junqueras, con quien se ha confabulado para gobernar y llevar a los catalanes a la independencia, ha iniciado la arriesgada andadura con una unilateral y radical declaración soberanista. El texto que han suscrito, que  proclama a Catalunya un “sujeto político y jurídico soberano”, fija que su objetivo es constituir "un nuevo Estado". Esto puede ser legítimo, pero no es legal si no se cambia antes la Constitución, como propugna el PSC, partidario del federalismo.

Y la pretensión de Mas y Junqueras es que el Parlament haga suya esta declaración, cosa que posiblemente conseguirán por mayoria de votos, con alguna modificación formal, pese a que los demás partidos ya se han declarados abiertamente contrarios, por distintas razones. Y una vez hecha suya oficialmente por el Parlament, ¿qué?.

Pues muy sencillo, se esgrimirá como “la expresión democrática” de la voluntad del pueblo. Como se hizo con el “Pacto fiscal” que el president Mas entregó a Rajoy, no con la intención de negociarlo -pues en sus términos era legalmente  innegociable- sino de provocar un “no” de La Moncloa. Y lo logró, presentándolo luego como “un portazo” inadmisible y humillante. Pero resulta que este “no procede”, expresado por Rajoy, fue un pretexto perfecto para anticipar en más de dos años las elecciones catalanas (pese a tener el “Gobierno de los mejores”) y hacer suya, en un cambio de tercio, la demanda mayoritaria de la gran manifestación independentista de La Diada, nutrida también, entre otras cosas, por el descontento social por los recortes (de Zapatero, Rajoy y Mas), como ha dicho Joan Herrera, líder de Iniciativa, que no deja de advertir que lo urgente ahora es el problema económico y social de los ciudadanos.

Y ya no se ha hablado más del famoso “Pacto fiscal” -que se alegaba era la voluntad popular- ni de negociar una sustancial mejora del financiamiento económico para Catalunya, que propugnan el PSC, Ciutadans y el PPC. Ahora solo se persigue la ruptura, salir de Espanya tras un premeditado y ruidoso “choque de trenes” proclamado hace tiempo, sin calcular ni explicar las consecuencias.

Juntar un crisis económica tan grave como la que vivimos, con un desafío de ruptura política es una grave irresponsabilidad, por más que esta pretensión pueda ser legítima y por las vías adecuadas. CiU ha enterrado el “seny” (ponderación) de los tiempos buenos de su fundador Jordi Pujol, para emborracharse de “rauxa” (actitud locoide) de un Artur Mas, que fue precisamente quien  una noche (con nocturnidad) negoció a la baja con Zapatero el nuevo Estatut, del que Maragall luego se arrepintió reconociendo que antes había que haberse modificado la Constitución y no intentar reventarla desde dentro.

Ahora Mas se empeña en liderar la radicalidad separatista, pese al varapalo personal y político en las últimas elecciones, en que quemó su ansias mesiánicas y, además, perdió doce diputados para su partido. Y de poder gobernar sin demasiados problemas, ha pasado a tener que echarse en brazos de la ERC de Junqueras, para seguir gobernando, atado de pies y manos, por esta formación política, en la que muchos votantes han trasladado por coherencia la confianza que han negado a Mas en las urnas.

Pero Mas no se rinde. No es su estilo. Y así, ya pide reunirse con el Rey para entregarle la declaración de soberanía para la independencia, una vez haya sido adoptada por mayoría de votos en el Parlament. La nueva cita con Rajoy vendrá después. Jugada maestra.

Como el Rey no podrá aceptar su propuesta o petición, ya que no está en su mano, pues política y jurídicamente no le corresponde, Artur Mas, en su proclamada voluntad de agotar las vias de diálogo (dice), ya podrá esgrimir otro “no”, otro “portazo” inadmisible y humillante. El victimismo, otra vez. Todo a punto para, “democráticamente”, una hipotética proclamación unilateral y solemne de independencia. Nuevamente, la habilidad, coraje y dosis de cinismo de Artur Mas habrá sutido el efecto deseado por el nacionalismo más radical, el de la ruptura.

Al Rey ya se le habrá tendido la trampa. ¿Se dejarà atrapar?

sábado, 22 de diciembre de 2012

Los secuestros de Catalunya

 A Catalunya se la puede secuestrar de muchas maneras. Y desde fuera o desde dentro. También desde fuera y desde dentro al mismo tiempo.

Si secuestrar significa quitarle a alguien -persona o pueblo- la posibilidad de moverse y desenvolverse según sus propios deseos, desposeerle o limitarle esta elemental libertad constituye un secuestro.

Imponerle a una persona o a un pueblo algo que no le es propio o no quiere, es caer en este abuso. Aunque sea en nombre de intereses o valores que alguien considere superiores. Superior a la libertad solo hay la vida, y ante todo la vida de las personas.

La historia, y la actualidad, nos muestra muchos casos de estos tipos de secuestro. Aquí y más allá. Casi nunca reconocidos por el secuestrador y con frecuencia asumidos -consciente o inconscientemente- por la resignación de los secuestrados. Es la eterna e injusta dialéctica de los poderosos y los débiles, cualquiera que sea la clase de poder y quien lo sustente.

Una concepción unitaria y uniformista del Estado, en los casos en que se da, suele comportar una sumisión o avasallamiento de las partes integrantes que tienen personalidad propia. Es decir, su secuestro, más o menos explicito.

Ciertos acontecimientos históricos y de diversa índole (guerras, dictaduras, pactos de estado, flujos demográficos, situaciones de debilidad o pobreza, etc) han situado a Catalunya, como a otros pueblos, en situaciones efectivas de secuestro, en diversos grados. Y llega un momento, en que se produce una reacción de rebeldía o de ansias de liberación. De anhelo de ser.

No es nuevo. Pero ahora, por razones conocidas de determinados abusos centralistas y uniformadores, está ocurriendo de forma especialmente remarcable y tensa. Sin reconocer el hecho elemental de la diversidad y pluralidad -de la pluralidad nacional del Estado español-  no se encontrará nunca la solución del deseable equilibrio entre respeto y colaboración (autonómica, federal, confederal) Produciéndose, en consecuencia, el enfrentamiento entre legitimidad y legalidad vigente. Podria calificarse de secuestro externo.

Pero hay otro nivel de posible secuestro, nada desdeñable y también peligroso. El secuestro interno.

Ocurre cuando dentro de un colectivo, de una comunidad o de un país, una parte intenta imponerse a las otras partes integrantes. Por distintas motivaciones, igualmente inaceptables. Pueden ser étnicas, de procedencia, de cultura, de lengua, de religión, etc. Suelen articularse políticamente entorno a una ideología partidista, que se eleva a la categoría de verdad para todos.

Se da en los casos extremos de una concepción global de esa colectividad, sin tener en cuenta tampoco su diversidad y pluralidad interna. Los nacionalismos radicales –reactivos o dogmáticos- pugnan por el secuestro del todo en detrimento de las partes que lo componen.

Estamos, en cierto modo, en uno de esos momentos. El pacto CiU-ERC -con componentes de reacción y de fundamentalismo- se inicia como impositivo al resto de posiciones legítimas, más que respetuoso e integrador. Las llamadas a la colaboración suenan más a virtuales y tácticas que a sinceras.

Puede ocurrir con cualquier otra formación política que, creyéndose poseedora de la verdad, se cierre al dialogo y a la colaboración. Pero Catalunya no es un todo compacto y uniforme. La diversidad y pluralidad es más que patente en su ciudadanía. Podrá saber mal a algunos, pero es así.

No reconocerlo constituiría simiente de discordia y una tentación secuestradora. Igual que en el secuestro exterior, no sería aceptable una posición homogeneizadora. Más aún, los derechos de los ciudadanos siempre han de prevalecer a las ambiciones -interesadas o ideológicas- de un colectivismo, siempre más utópico que real.

Aunque la gobernabilidad requiere de normas compartidas o comunes, lo democrático es respetar lo diferente, lo “propio” de “los otros”, su grado de legítima identidad.

Catalunya no puede ser objeto de secuestro ni desde el exterior ni desde el interior. Merece el respeto de todos, y para todos sus ciudadanos.









miércoles, 19 de diciembre de 2012

El clavo ardiendo de Artur Mas

  Intenta salvarse agarrándose a un clavo ardiendo. Aun a riesgo de llevar el país a la máxima tensión política y a un desastre económico y social. Su temeridad -y su ‘ego’- no le permiten rectificar.

Puede ser su segundo gran batacazo, después de aquella hazaña mesiánica que le condujo a la perdición. Está poseído por la “rauxa”, a la que empujó en su momento a masas de ciudadanos, y ahora estas le arrastran quizás hacia el precipicio. Por esto se agarra al clavo ardiendo de un pacto sin mucho sentido.

No escarmentó con la primera debacle, que le llevó a perder prestigio y votos -en unas elecciones innecesarias-, y ahora insiste. No se resigna a ser un gobernante normal, de los que saben perder y dimitir. Ha nacido para la heroicidad, parece. “Antes muerta que sencilla”.

Y, otra vez, de cara a la galería vuelve a presentar esta segunda hazaña como el camino hacia ‘la gran ilusión’, que lamentablemente la realidad, después de muchos sacrificios de todos, se encargará más pronto que tarde de desvanecer. Pero el mal de este autoengaño ya  se habrá consumado.

Sin embargo ahora, a Artur Mas, la procesión le va por dentro. Era para ser enmarcada la foto de Mas y Junqueras después del famoso pacto “para la estabilidad” y “el referéndum en 2014”. Junqueras con cara sonriente y aires de vencedor, Mas con rostro preocupado y abatido. Efectos de agarrarse a un clavo ardiendo para salvar el honor temerariamente perdido.

Este pacto es una entrega humillante del líder convergente, Artur Mas, al líder republicano, Oriol Junqueras. ¿Qué necesidad tenía de llegar a este forzado acuerdo, repleto de contradicciones? Quizás la de la supervivencia personal y política después de cerrarse casi todas las puertas, de volar todos los puentes con los demás partidos. Hay que reconocer que los duros ataques desde fuera -principalmente desde el PP y algún diario- han ayudado no poco a que los dos líderes cerraran filas, y sobretodo a una postura de autodefensa de Mas, Pujol, CiU, etc.

Poco recorrido se le prevé a este acuerdo entre dos formaciones políticas que, en el fondo, coinciden en pocas cosas esenciales. CíU no ha sido nunca ni es mayoritariamente un partido independentista, como siempre lo ha sido ERC. Económica y socialmente CiU es de centro-derecha, con un electorado de clase media o burguesa. ERC es claramente de izquierdas. En el texto del pacto predominan la ideología y el programa de ERC. ¿Cómo puede funcionar?

Junqueras es, por tanto, el clavo ardiendo al que se ha agarrado Mas. Exponiéndose a su propia quema y a la de su partido, gobernando con la responsabilidad de inevitables recortes económicos y más impuestos, y con un radicalismo independentista que no le corresponde. Todo parece un mal negocio para Artur Mas.

La única válvula de escape que, inteligentemente, Mas ha conseguido ‘in extremis’en el dificilísimo compromiso impuesto de celebrar el referéndum para la independencia el año 2014, es la cláusula de “excepción” en el caso que “el contexto socioeconómico y político requerieran una prórroga”, pero la nueva fecha “será pactada por las dos partes”. Cláusula sibilina que, hay que reconocer, puede dar mucho juego al president Mas, por ejemplo: volver a adelantar las elecciones. Pero no le arriendo la ganancia...

Para este viaje quizás “no hacían falta alforjas”, ni tensionar tanto la vida pública -catalana y española- ni perder unos años decisivos para salir de la crisis, y que, en lugar de buena gobernanza, serán de parálisis y de enfrentamiento en un interminable y agotador sprint hacia un incierto referéndum con resultado también  incierto.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Hay vida más allá de la Constitución

La vida transcurre siempre. Por esto es vida y no es muerte. Transcurre más allá de marcos jurídicos  y de pactos políticos. Estos son esencialmente temporales y perecederos. Querer eternizarlos es como intentar momificarlos. Hacerlos inservibles.

Son normales y legítimas las aspiraciones reformistas y también las rupturistas frente a la momificación de legalidades y acuerdos de todo tipo que pretenden detener el transcurso vital en que están inmersos los individuos, los pueblos y la sociedad. Otra cosa seria ir contra natura.

Los marcos legales y los pactos políticos son fruto de unos consensos en unas circunstancias históricas concretas. Tienen vocación de permanencia temporal, la más larga posible, indefinible pero no infinita. También las constituciones refrendadas por los pueblos. La nuestra nació de un gran pacto de supervivencia y de generosidad de las distintas posiciones políticas y sociales, en un momento muy singular.

A los inmovilistas recalcitrantes hay que recordarles que hay vida más allá de la Constitución. Si las nuevas circunstancias vitales, profundas y contrastadas, lo piden clamorosamente, habrá que modificarla en consonancia con los nuevos tiempos y las legitimas demandas mayoritarias de la colectividad que la aprobó o de una parte de la misma, con personalidad cohesionada y sólida, que tenga o haya alcanzado mayoría de edad.

Si los instrumentos o las vías para este cambio no son adecuados o son prácticamente intransitables, la iniciativa y la imaginación política responsable debería encontrar las fórmulas adecuadas en un marco de entendimiento, lealtad y convivencia. El enfrentamiento provoca enfrentamiento; la deslealtad, deslealtad, y la agitación, imposición autoritaria.

La Constitución es garantía de convivencia democrática, pero hasta un límite razonable. Más allá de este, como sería considerarla intocable o un texto sagrado, podría ser garantía de todo lo contrario, de inconvivencia. Es fácil comprenderlo. Como lo es pensar que seguramente hemos llegado a este límite razonable, por lo menos en algunos aspectos. El principal, la revisión de la distribución territorial del poder.

No todo se reduce a la simplista disyuntiva centralismo o independentismo de alguna comunidad que reclama más reconocimiento de su personalidad. Hay más formas posibles -no fáciles- de reorganización territorial: desde un estado autonómico mejor clarificado, más respetuoso con las competencias de cada cual y con instituciones de mutua colaboración (el Senado, p.e.), hasta la federación o la confederación. Y tampoco hay que caer en la simetría, pues ni todas las comunidades son iguales ni tienen las mimas posibilidades o aspiraciones.

Hay que huir del inmovilismo y del simplismo. Ni la Constitución es la Biblia inspirada por algún dios, ni el enfrenamiento independentismo contra unitarismo constituye un mandato de otros dioses. Ambos son más bien productos de la obstinación. En definitiva, de actitudes legítimas pero muy dogmáticas.

Y los dogmatismos son contrarios a la democracia, que es aún la mejor actitud y garantía de la pacífica convivencia. La que más se corresponde con el incesante transcurrir de la vida misma.


domingo, 2 de diciembre de 2012

La gran burbuja político-mediática

Lo que ha ocurrido en Catalunya, a propósito de les recientes elecciones autonómicas, es que ha estallado, por fin, la burbuja político-mediática. La responsable del llamado “oasis catalán”, una nefasta ficción que durante decenios ha enmascarado la realidad catalana.

Este contubernio entre política y periodismo se inició en tiempos del president Jordi Pujol, hábil tejedor de complicidades entre ambos mundos, y ha continuado hasta ahora sin que se vislumbre su final, pese a este desenmascaramiento puntual. Por aquello de estar en un país pequeño, en que todos se conocen , en que los intereses se entremezclan y la alentada necesidad de hacer frente a un común enemigo exterior: el centralismo del Estado.

El “oasis catalán” era muy cómodo para los políticos, pero prostituía la función periodística. El nuevo director interino de Le Monde advertía, precisamente estos días, del necesario distanciamiento entre políticos y periodistas. Cada cual en su sitio y con su misión. El no haber ocurrido siempre así, ha llevado a la perplejidad y a la desorientación generalizada ante un resultado electoral no previsto. Y, en consecuencia, a la dificultad de sacar conclusiones serias, y, en último término, a tomar decisiones políticas certeras para encarar bien el futuro. Todo se ha movido en un mundo de gran ficción.

Que un líder como Artur Mas, que gozaba de una posición política bastante estable para gobernar, un buen o mal día, se deja deslumbrar por el espectáculo de una gran manifestación popular (por él apoyada), a través de una mala lectura de la misma, y quiera erigirse en milagroso redentor de su pueblo, y acabe siendo derrotado en su empeño y retroceda en representatividad, se explica en buena medida, por el espejismo de aquel contubernio político-mediático.  

Creo que ha sido el ponderado periodista Luís Foix quien ha afirmado que Artur Mas y CiU “se han creído su propia propaganda”. Con unos medios de comunicación públicos a su servicio (TV3 principalmente), y muchos de los privados subvencionados (en primer lugar La Vanguardia), era fácil caer en esta confusión. Sobretodo si, además, su propia empresa encuestadora, le cantaba una victoria casi rotunda. Como escribe el sociólogo Manuel Castells, con “la influencia decisiva de los grandes partidos y grupos empresariales sobre los medios de comunicación, se puede entender la autocomplacencia de una clase política que cree tener todo atado y bien atado”. Las urnas han demostrado que no.

Los refutados adversos han derrumbado el tinglado y difuminado mucho una ilusión amplia pero no mayoritaria sobre la que Artur Mas quiso cabalgar -sin calcular los riesgos para él y para el país- para llevar a la multitud imaginada en la travesía del Mar Rojo hacia la tierra prometida de la independencia.

Y es oportuno recordar a los profesionales del periodismo una advertencia del director de Le Monde Díplomatíque. Ignacio Ramonet alerta del peligro de la "censura democrática" que se produce en los medios de comunicación "mediante la asfixia y la sobreabundancia de información". "No hay ninguna institución –añade- que no tenga su propio sistema de comunicación, lo que provoca que los periodistas no estén en contacto directo con lo que sucede en la realidad, sino con la información que las instituciones quieren transmitir",

Si los profesionales y los medios no saben, no pueden o no quieren zafarse de estas tentaciones y servidumbres, y continúa el contubernio político-mediático, seguiremos en un irreal “oasis catalán”, con las consecuencias de desorientación general de la opinión y con las dificultades de interpretación de la realidad por los políticos y, por tanto, de gobernabilidad. Es el panorama que un arrebato personal de ambición mesiánica nos ha dejado.

Una burbuja político-mediática ha estallado