Comentarios y Análisis de Política

viernes, 22 de febrero de 2013

No es ningún disparate

Puede sorprender, pero no es ningún disparate. Que un político destacado pida la abdicación del rey no constituye una blasfemia. Es la expresión de una opinión legítima.

Si lo hace respetuosa y razonadamente, puede ser una interesante contribución al debate público. Es lo que ha hecho el líder de los socialistas catalanes, Pere Navarro, que suele decir las cosas con serenidad y de forma argumentada.

Además, es una idea que está en la opinión pública por diversos motivos. Y quienes se han apresurado a escandalizarse públicamente por esto, en privado seguramente piensan otra cosa. No es bueno continuar ejercitando la hipocresía.

Al fin y al cabo, la posibilidad de una abdicación del titular de la Corona está prevista en el marco constitucional. Como lo está la asunción de funciones por parte del príncipe. Entonces, la cuestión es de motivaciones y de oportunidad.

En cambio, lo que no está legalmente contemplado es la secesión de una parte del país de su conjunto, y de ello se habla a diario y se propugna por algunos como la mejor solución para resolver el llamado problema catalán.

Pere Navarro, que, frente a la dinámica “soberanista”, ya sorprendió con su propuesta “federalista” -ya recogida oficialmente por el PSOE-, ahora lanza “pública y formalmente” la petición de una “necesaria” abdicación del rey. En ambos casos no se sale del marco legal, como sí lo hace Artur Mas.

Podrá discutirse la oportunidad y la forma de hacerlo, pero está en su derecho de líder político e incluso puede que sea su obligación hacerlo.
Precisamente desde su “republicanismo” sale en apoyo de la monarquía, pidiendo su actualización: en la figura del titular con la sustitución por el llamado legalmente a sucederle cuando se dé el caso, y regulando mejor y con más transparencia la institución de la Corona.

Y lo hace Navarro desde el explícito reconocimiento de la gran aportación
de Juan Carlos I ("un buen Rey") a la restauración de la democracia y al servicio del país. Nada, pues, a objetar, en el fondo.

El momento incluso puede que sea el adecuado, dada la necesidad de abrir un proceso de regeneración política e institucional, empezando por la misma Jefatura del Estado, teniendo en cuenta la edad y el delicado estado de salud del Rey y la incidencia de cuestiones de diversa índole que le desgastan y pueden afectarle seriamente.
Esta actualización o “modernización” deberá hacerse “con serenidad y plena responsabilidad". Y añade Pere Navarro: "Creo sinceramente que el papel del Príncipe Felipe tiene que ser, o si me permiten, puede ser relevante para arbitrar los profundos cambios que requiere nuestro país. Esta segunda transición tiene que construirse sobre nuevas bases institucionales modernas y que concuerden con nuestros tiempos".
Al inmovilismo de los grandes partidos -PP y PSOE- y a la arriesgada aventura secesionista del CiU i ERC, el líder del PSC propugna una profunda reforma, incluyendo a la institución más alta. Las reacciones en contra han sido muchas, sobretodo de los partidos estatales, enfrascados en problemas seguramente más acuciantes.
Y a los partidos nacionalistas catalanes no les puede caer muy bien ya que desvía la atención de la soberanía “sea como sea”, hacia una vía legal, muy atrevida, profundamente reformadora, pero no rupturista. Si Junqueras (ERC) se está comiendo el terreno de Artur Mas (CiU), con este órdago Pere Navarro (PSC) intenta ganar terreno y protagonismo a los dos.
Es de esperar y desear que vaya más allá de una intención política doméstica y estratégica, para llegar a proyectarse en un plan viable de regeneración de ámbito estatal.





sábado, 16 de febrero de 2013

El ruido de tanta pestilencia



Habría que bajar el ruido de tanta pestilencia. Con ponerle decibelios al hedor no se gana nada. Y la vida se hace más insoportable.

Aunque quizás no sea el más indicado, Oriol Pujol pide explicaciones ante "el festival de espías, escuchas, grabaciones, seguimientos y documentos apócrifos", pero está en su derecho pedirlo Las cosas hay que aclararlas. Pero el ruido no es el mejor ambiente para ello. El ruido distrae, enmascara, tapa y distorsiona los argumentos.

Detrás del ruido se esconden, con frecuencia, culpabilidades, complicidades e intereses no siempre justificables. Seguramente por ello se pone alto volumen, a veces estruendoso, a la densa pestilencia política o social. Al hedor insoportable de la acumulación, en poco tiempo, de “festivales” de este tipo, pero sobre todo de lo que hay detrás de los mismos. Es decir, de las prácticas irregulares, ilícitas, corruptas o delictivas que inspiran o provocan estas juergas festivaleras.

Con todo, seria bueno rebajar el tono irresistible de tanto ruido con el que nos despertamos cada mañana. Hay que pedir y dar explicaciones de lo que pasa, pero no a gritos. Que las instituciones, especialmente los parlamentos y los tribunales, hagan su trabajo rápido y bien. Sería lo normal y lo deseable. Y lo exigible. Si no, ¿para qué están?

Cierto que los políticos -y no políticos- concernidos por hechos inconfesables- buscan, a veces, desesperadamente micros, altavoces y equipos de baterías festivaleras para elevar el ruido hasta ensordecer oidos y turbar mentes. Es su defensa. Pero las instituciones encargadas de hacer luz y justicia no debieran caer en la trampa.

Y los medios de comunicación tampoco. Es una tentación, cierto. Y suele dar notoriedad y beneficios. Pero el sentido ético de la profesionalidad y la razonable moderación de ser un servicio público de la sociedad, piden no pasarse. La competencia y el beneficio no lo justifican todo.

Una de las primeras lecciones que, con frecuencia, se dan en periodismo es enseñar trucos para llamar la atención del lector, oyente o telespectador. En lugar de decir, por ejemplo, “460 muertos” poner “medio millar de muertos”, o en vez de “unos 470 mil  manifestantes”, decir “medio millón”. Esto es una corrupción profesional.

Un recuerdo inolvidable del director de “El Correo Catalán”, Andreu Roselló, era su obsesión por valorar bien la importancia objetiva de las noticias para darles el tratamiento y colocarlas en el lugar que les correspondía. Con honrosas excepciones, esto se está perdiendo. Más que la noticia “información” se busca la noticia “espectáculo”. Grave error, sobre el que convendría reflexionar seriamente. Es misión de los medios informar debidamente, ser contrapoder del exceso de poder (o poderes), denunciar irregularidades e incluso destapar estercoleros, Pero los medios no están para hacer ruido.

También seria bueno que la ciudadanía rechazara el exceso de ruido. Que no se habituara al mismo. Que pusiera doble cristal en sus oídos. Y que no reaccionara a gritos de “!callaos!”, añadiendo más ruido al ruido.

Pidamos claridad, saneamiento de la vida pública. Que no haya tanta pestilencia, que embota nuestro olfato. Pero con calma. Porque, si no, al hedor a podrido le estamos añadiendo, entre todos, un ruido insoportable. Insoportable para los sentidos, para la mente y el corazón, y para la convivencia.


lunes, 11 de febrero de 2013

Un Papa inteligente



Sorpresa o no sorpresa, esto no importa. Lo relevante es la calidad de la decisión papal. Y del inteligente Ratzinger era de esperar una decisión inteligente.

Que si conservadora o progresista, tampoco es ahora lo interesante. Es una decisión realista. Reconoce públicamente su “incapacidad para ejercer bien”, y renuncia para dar paso a otro.

Es, además, una decisión “lúcida” y “coherente”, como destaca el cardenal Sistach. Y nada de “estamos huérfanos y nos llena de pena” del cardenal Rouco.

Que se hagan las cosas bien no es ninguna pena. Y no supone niguna horfandad dejar que alguien, con más “capacidad” -vitalidad corporal y una mente más al dia-, le sustituya. Es un acto de lucidez de un gran intelectual, coherente con su pensamiento. Y, además, un gesto ejemplar de humildad.
La retórica y las especulaciones son inevitables. Se hablará de soledad, de falta de control del entorno curial, de presiones de la derecha y de la izquierda... También de fracaso ante unos muy graves problemas de toda índole -morales, ideológicos, claricales, organizativos, cansancio, desgaste, etc.-. Posiblemente haya algo de todo. 

Habrá que preguntarse si un gran intelectual -como es Ratzinger- era la personalidad más adecuada para la complicadísima tarea de regir un pontificado de proyección global. Un intelectual, por naturaleza, tiende a balancearse en el reino de la especulación y la duda, muy lejano al de la dura y práctica gobernación.

Más aún si a esta condición se añaden una avanzada edad y una salud más bien débil.  Estas dudas las confesó el mismo, honestamente, justo  en el momento de ser designado. Pese a todo, ha afrontado con decisión problemáticas internas (pederastia y división en tendencias) y externas (diálogo ecuménico), de gran calado. Y ha lanzado el desafío de rearmar de valores y de reevangelizar un mundo dominado por el relativismo y el culto a lo material.

El papa Ratzinger ya no era ahora, por otro lado, el incisivo, decidido y combativo personaje que tanto influyó en el histórico ConcilioVaticano 11. El peso de la púrpura pesa mucho, demasiado. Sin duda, será criticado, incluso por sus colegas en teología, pero nadie podrá dudar de su capacidad y honestidad intelectual.

Su renuncia, como nos confiesa claramente, ha sido muy meditada y es totalmente libre. Naturalmente, debía ser una sorpresa, ya que habría sido una irresponsabilidad anunciarla con antelación o dejar que fuera objeto de chismorreo, desatando todo tipo de reacciones, algunas interesadas o frívolas. No podia ser noticia o rumurología para las tertúlias de café, disfrazadas de periodísticas, ni para el “Hola”.

El papa Ratzinger dejará digna y voluntariamente su misión dentro de unos dias, para retirarse a un convento, en un gesto con precedentes hace 600 años. Ya había dicho que renunciaría si llegaba un dia en que sus fuerzas le fallaran. No ha querido repetir el discutible espactáculo del viacrucis y la agonía televisiva del papa Wojtyla.

Y vendrá, muy pronto, otro Papa. ¿Sorpresa? Que los cardenales, o el Espíritu Santo, no “vuelvan” a equivocarse...



 

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Hundir o salvar la nave?



Demasiado rotundo, seguramente. Rajoy puede responder por sus hechos, pero es muy difícil que pueda hacerlo por los de su entorno. Hay un consenso bastante generalizado sobre la honestidad personal del actual presidente del gobierno. Las dudas se extienden en relación a algunos personajes que le rodean, y sobretodo que le rodeaban y ahora se vengan.

La gravedad de las acusaciones requerían un desmentido claro. Más claro que rotundo. La rotundidad no siempre favorece la claridad. Respecto a su defensa personal, de su figura pública y privada, Rajoy ha estado bastante convincente. Y la opinión popular así parece percibirlo. Ya es importante, pero no suficiente.

La honestidad de una persona, de un jefe, no comporta ni ampara la de otras de su equipo actual o anterior. Pretenderlo, sería un error. De aquí la reacción del líder de la oposición, Rubalcaba, al acusar a Rajoy de “enrocarse”, de colocarse a la defensiva con todos los suyos, sin admitir posibles casos reprobables. Esto, además de peligroso, contribuye a respuestas también contundentes.

Y no son precisamente actitudes de rotundidad y contundencia verbales las que requieren las actuales circunstancias de comprensible irritación por la corrupción muy generalizada, de mutuas acusaciones muy subidas de tono en el terreno político, y de gravísima crisis económica y social. Añadir más leña al fuego no conducirá a ninguna solución. Debe limpiarse, con celeridad y firmeza, el terreno ensuciado por tanto comportamiento personal e institucional irregular y delictivo. Pero, sin demorar esto, lo prioritario de toda prioridad, es salvar la nave, en lugar de hundirla.

Parece, sin embargo, que se hace todo lo contrario, consciente o inconscientemente, en nombre de un “patriotismo” que cada cual interpreta a su manera. Es patriótica, ciertamente, la denuncia de la corrupción rampante y que lo enmierda todo; es patriótico exigir todas las responsabilidades, caiga quien caiga; es patriótico, incluso, indignarse e irritarse y mostrarlo públicamente, como terapia social y para que se enteren quienes deban enterarse sin discriminación. El límite sensato es no quemar la nave y que no nos hundamos todos.

En estas reacciones airadas comprensibles, hay que distinguir bien lo razonable de los intereses más o menos ocultos. Intereses del partido gobernante en mantenerse; intereses de los partidos de la oposición en ganarle terreno en este rió revuelto; intereses de los protagonismos personales bastardos; los intereses localistas sobre los generales; intereses de algunos medios en aumentar audiencia y ventas a costa de lo que sea. Denunciar todo esto también es patriótico.

Pero la máxima urgencia, la primera prioridad, es el bien común de un país y unos ciudadanos que flotan en salvavidas o ya sin salvavidas en medio de una tormenta económica y social, y a la que se está haciendo frente como se puede a costa de muchos sacrificios. No es hora de echar más leña al fuego ni de echar más agua dentro del barco para que acabe hndiendose con todos dentro. Es la hora de la supervivencia para salir a flote lo antes y mejor posible.

Para ello hay unas instituciones -políticas, legislativas, jurídicas y gubernamentales- que, pese a todos sus inadmisibles defectos, es necesario que sigan funcionando. Ni el “enroque” del Gobierno, en su defensa a ultranza; ni la demagogia de cierta oposición irresponsable; ni la voracidad de unos medios frívolos o poco sensatos; ni la algarada callejera más o menos dirigida u orquestada, contribuyen a aclarar nada ni a aderezar el rumbo de las cosas.

O somos capaces, entre todos (aún tragando sapos), de alzar el estandarte del “seny”, la sensatez, por encima de todas las olas embravecidas de la mar revuelta, o, al final, por todos “doblarán las campanas”.

                          

jueves, 24 de enero de 2013

Soberanía de Catalunya

 La declaración de soberanía de Catalunya es muy clara. No juguemos con las palabras. Fue proclamada solemnemente en su Parlament por una amplia (¿insuficiente?) mayoría de votos. Esto son los hechos, lo demás es literatura, política o jurídica,

Lo que se sometió a votación, era esencialmente esto: la soberanía  Es decir, el carácter de “sujeto político y jurídico soberano del pueblo catalán”. Lo del “derecho a decidir” era el anzuelo para pescar adhesiones. ¿A quien no le gusta que se le reconozca su “derecho a decidir” cualquier cosa en la vida ordinaria? Pues en mayor medida, si cabe, en la vida pública. Este anzuelo de los promotores –CiU y ERC- funcionó a medias en el parlamento catalán, pero tiene mucho gancho en la opinión pública, sobretodo si se mezclan sentimientos identitarios e intereses económicos; más, en tiempos de grave crisis.

Por esto, antes de la reunión, en la sesión parlamentaria y después de esta, se ha insistido, y se insiste, sobretodo en “el derecho a decidir”, y no tanto en la proclamación de la soberanía, que comporta en sí misma la declaración anticipada de la independencia. En cambio, “el derecho a decidir” es más amplio, más democrático, pues permite diversas decisiones posteriores; no prejuzga nada en concreto. De aquí el forcejeo, los juegos malabares y los cambios en la redacción -poco afortunada- del texto a votar.

En este anzuelo no quiso picar el Partido Socialista de Catalunya, PSC, pese a importantes discrepancias internas del partido, como se manifestó con las cinco clamorosas abstenciones, tan aprovechadas por sus adversarios. Por encima de la hábil argumentación empleada, por el president Mas y las más rotundas expresiones de su socio republicano, Junqueras, estaba muy claro en el texto lo que se votaba: “la Declaración de soberanía  y el derecho a decidir del pueblo de Cataluña”. Aunque, en realidad, “el derecho a decidir” -en el que estratégicamente se pone el acento- ya va implícito en la “declaración de soberanía”. Un pueblo soberano tiene, lógicamente, el derecho a decidir lo que quiera.

El PSC, de Pere Navarro, está a favor del “derecho a decidir” porque esto permite decidir entre distintas opciones. Y ya ha anunciado repetidamente que, en su caso, se pronunciaría por el “no” a la independencia. No es una formación política independentista, pero sí catalanista, a diferencia del Ciutadans y el PPC, que son catalanes autonomistas. Pretender alinearlos, como maliciosamente se hace, no es correcto; es una forma de presionarlo.

Esta “Declaración de soberanía” podrá no tener efectos jurídicos, como ha declarado, por parte del Gobierno, el ministro Margallo. Por ahora, al menos. Pero es evidente que tendrá efectos políticos claros. Los “efectos jurídicos” podrán venir después, a largo plazo. Busca su fundamento en el llamado “principio democrático” de los pueblos y naciones a pronunciarse y escoger, si pueden, su posición própia en el mapa político general. Y sus consiguen el suficiente reconocimiento político internacional, sus pronunciamientos pueden llegar a tener “efectos jurídicos”.

Esta es la vía, arriesgada, que ha elegido, en su “proceso”, el soberanismo catalán. Choca frontalmente, es cierto, con las vías “constitucionalistas”, o de respeto del marco legal vigente en el Estado democrático surgido de una Transición pactada (también con los nacionalistas) y plasmada en una Constitución refrendada muy masivamente (un 80 por ciento en Catalunya)
por el pueblo. Una Constitución nacida, es cierto, en unas determinadas circunstancias muy condicionantes y superada por los cambios en una sociedad que ya no es igual a la que la alumbró. Aquí está el “qüid” de la cuestión.

Se busca definitivamente -sin precipitaciones peligrosas- una reforma o adecuación del texto constitucional a las nuevas circunstancias, en aquellas demandas verdaderamente relevantes y justificadas, o por el contrario petrificamos el “marco legal” vigente y vemos como estas demandas empiezan a abrirse vías al margen de la legalidad, intentando -con más o menos razón- encontrar un -a su juicio- mejor acomodo. Es la disyuntiva que se plantea.

Estas son las dos vías o caminos para una pacífica convivencia. Otra vez, ante el dilema: reforma o ruptura. Como se hizo, con generosidad y altura de miras, en la Transición política, también ahora, en el diálogo sincero y honesto y en una visión de interés general y no partidaria, habría que encontrase la solución de compromiso.

viernes, 18 de enero de 2013

El globo pinchado


 Artur Mas ha pinchado su propio globo. El globo muy hinchado que imaginó y creó a partir de una inexacta valoración de la realidad. El globo de ilusión, e ilusionante para muchísimos catalanes, de tener una nación-estado soberana e independiente casi a la vuelta de la esquina. Grave error para un gobernante colgarse de los hilos de un globo.

Hizo un gobierno de “los mejores”... para durar menos de dos años. Pergeñó  una “Pacto Fiscal” para -dijo- negociarlo con el Gobierno central, sin querer darse cuenta de que política y jurídicamente  su texto era inviable, y encima lo presentó como un ultimátum y sin entrar en otra negociación posible.

En un calculado arrebato de victimismo ante aquel “portazo inadmisible” de Madrid, viendo pasar por la calle el éxito de una gran manifestación popular (que él había alentado y apoyado) con un clamoroso acento nacionalista, Mas se subió de un salto a la carroza de mando, proclamando a los cuatro vientos el gran sueño independentista. Así, él -y no otros- seria el Moisés que llevaría el pueblo a la deseada orilla salvadora. Con esta fe de iluminado por algún dios, convocó a las masas a una elecciones “trascendentales”, ”históricas”...y se la pegó: nada de “una mayoría excepcional”, sino que incluso perdió doce diputados.

Como los “héroes” no se rinden, se agarró a un clavo ardiendo para seguir adelante con su ilusión. Entregó su suerte al antiguo partido adversario, ERC, ahora liderado por el rotundo y simplista Junqueras, ampliamente votado por los separatistas, que le impuso incluso la  fecha para la entrada triunfal en el cielo del Estado propio y soberano. Todo esto –se dice- creó una “gran ilusión en el pueblo catalán”. En tiempos de tan grave crisis, las ilusiones ayudan, aunque de ellas no se vive. Es decir, que por lo menos todo el mundo estaba entusiasmado en este misterioso viaje a Ítaca.

Parece que casi nadie –mientras medios,  políticos y otros se dedicaban al incienso al redentor- había pensado en las enormes dificultades de la travesía. Se querían borrar, de un plumazo, quinientos o trescientos años de historia e intereses entrelazados de Catalunya y Espanya. Toda una proeza, en la que muchos han soñado y seguirán soñando siempre. Este deseo es mucho más que un globo, es una histórica y fundamentada reivindicación. El globo de Artur Mas ha sido presentado como factible y cercano, y que es un deseo prioritario y de la gran mayoría de ciudadanos de la Catalunya del siglo XXI.

Y resulta -¡quién lo diaria!- que el Estado también tenía algo que decir en esta batallita, y que no se cruzaría de brazos. Y resulta que dentro del país, entre los partidos, no solo no hay coincidencias, sino graves discrepancias. Y que también la ciudadanía está dividida. La patronal de los empresarios catalanes, por ejemplo, le acaba de decir al president Mas que negocie unas buenas condiciones de financiación con el Estado y se deje de sueños, por muy legítimos que sean, sobretodo en este momento de crisis económica profunda. Y a estas voces seguirán otras, sin duda. Así, Mas se va quedando solo, con su “amb il.lusió!” (¡con ilusión!), y estrechamente marcado por Junqueras.

De aquí que haya tenido que rebajar mucho el documento de Declaración de soberanía presentado al Parlament para que lo haga suyo. La firme posición del PSC, liderado por Pere Navarro, uno de los políticos catalanes mas sensatos, ha contribuido mucho a esta moderación del texto de Mas y Junqueras. Pero las reticencias del PSC son aún muy fuertes. Mientras, Ciutadans y el PPC están radicalmente en contra por considerar que el tema de la Declaración que se pretende está fuera de las competencias de la Generalitat, lo cual seria motivo de recurso al Constitucional.

Así las cosas, ahora Mas acaba de reconocer públicamente que en lugar de un referéndum “vinculante”, quizás haya que contentarse con una simple consulta “sin valor jurídico”.Una encuesta con urnas.”No nos engañemos -dice Mas- no es lo mismo hacer un referéndum autorizado por el Estado y con vinculación jurídica sobre la decisión, que hacer una consulta organizada por las instituciones catalanas, en la que el pueblo expresará su opinión, pero sin vinculación jurídica”. Por esto, en una clara reculada, “insta al Estado español a ofrecer ‘alternativas atractivas’ a Catalunya en lugar de limitarse a rechazar el proceso soberanista”. “Que como Estado español -remacha- hagan un ofrecimiento a Catalunya”. El globo de Mas ha pinchado antes de empezar a elevarse...

Y Rajoy, que calla pero tiene muchas bocas, ya ha hablado por la del ministro García-Margallo. “Hay que hacer algo -ha dicho- para solucionar el “conflicto” con Catalunya”, apuntando tres objetivos prioritarios: un gran esfuerzo en infraestructuras, prestar mucha atención a la lengua y la cultura catalanas, y encontrar un encaje a las aspiraciones de Catalunya en la financiación autonómica que este año toca revisar.

Empieza a cambiar el lenguaje, por ambas partes, y también el contenido de los mensajes. El globo de Mas legítimamente seguirá empujando hacia arriba, elevándose  y también dando tumbos, pero ya es un globo pinchado.














sábado, 12 de enero de 2013

Trampa al Rey


Ahora, parece que se trata de ponerle una trampa al Rey. Como se hizo con Rajoy, y en la que este torpemente cayó. Veremos que pasa en el caso del Rey.

De Artur Mas se podrán decir muchas cosas, pero no se le pueden negar altas dosis de habilidad y coraje, adobado con cierto cinismo. Ahora  mismo tiene en vilo a toda Espamya con su desafío independentista, siendo él, como es constitucionalmente, el representante ordinario del Estado en Catalunya. ¡Quién lo diría!.

Con su socio republicano, el claro y contundente Oriol Junqueras, con quien se ha confabulado para gobernar y llevar a los catalanes a la independencia, ha iniciado la arriesgada andadura con una unilateral y radical declaración soberanista. El texto que han suscrito, que  proclama a Catalunya un “sujeto político y jurídico soberano”, fija que su objetivo es constituir "un nuevo Estado". Esto puede ser legítimo, pero no es legal si no se cambia antes la Constitución, como propugna el PSC, partidario del federalismo.

Y la pretensión de Mas y Junqueras es que el Parlament haga suya esta declaración, cosa que posiblemente conseguirán por mayoria de votos, con alguna modificación formal, pese a que los demás partidos ya se han declarados abiertamente contrarios, por distintas razones. Y una vez hecha suya oficialmente por el Parlament, ¿qué?.

Pues muy sencillo, se esgrimirá como “la expresión democrática” de la voluntad del pueblo. Como se hizo con el “Pacto fiscal” que el president Mas entregó a Rajoy, no con la intención de negociarlo -pues en sus términos era legalmente  innegociable- sino de provocar un “no” de La Moncloa. Y lo logró, presentándolo luego como “un portazo” inadmisible y humillante. Pero resulta que este “no procede”, expresado por Rajoy, fue un pretexto perfecto para anticipar en más de dos años las elecciones catalanas (pese a tener el “Gobierno de los mejores”) y hacer suya, en un cambio de tercio, la demanda mayoritaria de la gran manifestación independentista de La Diada, nutrida también, entre otras cosas, por el descontento social por los recortes (de Zapatero, Rajoy y Mas), como ha dicho Joan Herrera, líder de Iniciativa, que no deja de advertir que lo urgente ahora es el problema económico y social de los ciudadanos.

Y ya no se ha hablado más del famoso “Pacto fiscal” -que se alegaba era la voluntad popular- ni de negociar una sustancial mejora del financiamiento económico para Catalunya, que propugnan el PSC, Ciutadans y el PPC. Ahora solo se persigue la ruptura, salir de Espanya tras un premeditado y ruidoso “choque de trenes” proclamado hace tiempo, sin calcular ni explicar las consecuencias.

Juntar un crisis económica tan grave como la que vivimos, con un desafío de ruptura política es una grave irresponsabilidad, por más que esta pretensión pueda ser legítima y por las vías adecuadas. CiU ha enterrado el “seny” (ponderación) de los tiempos buenos de su fundador Jordi Pujol, para emborracharse de “rauxa” (actitud locoide) de un Artur Mas, que fue precisamente quien  una noche (con nocturnidad) negoció a la baja con Zapatero el nuevo Estatut, del que Maragall luego se arrepintió reconociendo que antes había que haberse modificado la Constitución y no intentar reventarla desde dentro.

Ahora Mas se empeña en liderar la radicalidad separatista, pese al varapalo personal y político en las últimas elecciones, en que quemó su ansias mesiánicas y, además, perdió doce diputados para su partido. Y de poder gobernar sin demasiados problemas, ha pasado a tener que echarse en brazos de la ERC de Junqueras, para seguir gobernando, atado de pies y manos, por esta formación política, en la que muchos votantes han trasladado por coherencia la confianza que han negado a Mas en las urnas.

Pero Mas no se rinde. No es su estilo. Y así, ya pide reunirse con el Rey para entregarle la declaración de soberanía para la independencia, una vez haya sido adoptada por mayoría de votos en el Parlament. La nueva cita con Rajoy vendrá después. Jugada maestra.

Como el Rey no podrá aceptar su propuesta o petición, ya que no está en su mano, pues política y jurídicamente no le corresponde, Artur Mas, en su proclamada voluntad de agotar las vias de diálogo (dice), ya podrá esgrimir otro “no”, otro “portazo” inadmisible y humillante. El victimismo, otra vez. Todo a punto para, “democráticamente”, una hipotética proclamación unilateral y solemne de independencia. Nuevamente, la habilidad, coraje y dosis de cinismo de Artur Mas habrá sutido el efecto deseado por el nacionalismo más radical, el de la ruptura.

Al Rey ya se le habrá tendido la trampa. ¿Se dejarà atrapar?